Hasta el desastre final

Una vez cortado el nudo gordiano, el 'procès' ha cambiado de fase. Lo que haya de venir será harina de otro costal, verosímilmente una historia aún más catastrófica que lo que hemos vivido

Manuel Montero
MANUEL MONTERO

La independencia es una alegría triste. Eso se deduce por cómo los independentistas representaron su declaración. Tras tantos años de añorarla cabía pensar en alguna euforia, siquiera transitoria, en plan «por fin lo hemos conseguido». Los rictus fueron más bien tensos. Hasta el acto se las trajo, con votación secreta para evitar responsabilidades. Y el texto fue extraño, pues iniciar un «proceso constituyente para proclamar la república catalana» no es lo mismo que proclamarla, aunque hace las veces. En propiedad, fue una proclamación implícita de independencia. O, si se quiere, colectiva y anónima. No encaja con los relatos nacionales en los que algún dirigente se gana el papel de héroe realizando una proclamación solemne.

Tampoco suena a que haya grandes consensos sobre qué sería la república. El representante de la CUP dejó claro que «ha llegado la hora del pueblo, sin estructuras de Estado, para construir la república desde abajo, desde la autoorganización», que no parece el Estado al que aspira la burguesía catalana. Y la inminente aplicación del 155 convertirá esto en agua de borrajas, sin más función que proporcionar otra fecha para el santoral soberanista.

«De victoria en victoria hasta el desastre final»: así dice más o menos la máxima de Groucho Marx. El independentismo catalán la está cumpliendo escrupulosamente. Durante cinco años ha ido contabilizando como éxitos todas sus iniciativas, incluso las que parecían mercancía averiada. Nada importaba, solo sus gestas triunfales. Se sucedían las efervescencias de las concentraciones. El independentismo se veía a sí mismo como un movimiento arrollador. Ni siquiera importó que en las elecciones tuvieran menos votos que quienes no querían la independencia. Sobre cualquier dificultad se impondría la fuerza de la voluntad. Las advertencias sobre los riesgos económicos o acerca del eventual vacío internacional caían en saco roto, o eran despreciadas con el descalificativo omnipresente de franquistas.

Todo estaba previsto con un plan minucioso que estudiaba las posibles contingencias y las respuestas a dar… Por lo que se ve, solo faltaba analizar el momento decisivo: cuando se produjese la respuesta del Estado. Es como si no hubiesen pensado en la eventualidad del artículo 155, que ha precipitado la declaración de independencia. Quizás habían creído que el Estado se quedaría paralizado, desbordado por las mareas catalanas. A lo mejor, imbuidos en las concepciones épicas, pensaban que su imaginario Estado represor no tendría más respuesta que una suerte de invasión violenta. «Si para el Estado español la solución final es el tanque, ya hemos ganado», se lamentaba (o felicitaba) Turull, el portavoz de la Generalitat.

Entre los imaginarios épicos y las realidades suele haber distancias siderales. El mecanismo constitucional para devolver las aguas a su cauce resulta lento, premioso, con decisiones consensuadas, advertencias y posibilidades de réplica. Tiene un sorprendente aire de gestión administrativa que busca no exhibir grandes alharacas, que es el terreno preferido para una revolución en marcha.

Resulta incomprensible la parálisis que demostró la dirección independentista el 26 de octubre, la víspera de que el Senado abordase la aplicación del artículo 155 e improvisaran la proclamación parlamentaria. Si por las vísperas se conocen las fiestas, se diría que las fuerzas de la Generalitat llegaban renqueantes. Dieron la imagen de estupefacción, de no saber qué hacer, como si se hubiesen metido en este embrollo sin un plan B ni previsiones para salir de él. ¿Todo lo confían a la expresión de indignaciones morales sobre la incomprensión que demuestra España? ¿Piensan que una especie de movilización permanente hará que la declaración de independencia no sea papel mojado?

Dadas las azarosas circunstancias, a lo mejor reciben con alborozo íntimo, que no público, el cese del Govern al aplicar el 155. Y tendrán que ir a elecciones el 21 de diciembre, ¡un jueves!, pero ningún día es malo para restaurar la legalidad.

El ‘procès’ ha cambiado de fase, una vez cortado el nudo gordiano. Lo que haya de venir será harina de otro costal, verosímilmente una historia aún más catastrófica que lo que hemos vivido.

El desastre final amenaza ser de envergadura. Algunas circunstancias pueden proporcionar un final particularmente doloroso, con consecuencias más perniciosas que las que hasta ahora ha provocado el independentismo. Aparentemente entra en esta fase desunido, pero con unas bases a las que se les han hecho creer que todo era coser y cantar. La inevitable frustración se producirá tras unos años en las que se decía que la movilización callejera constituía un motor de los cambios. Se diluyeron las concepciones democráticas a fuerza de identificar la democracia con las urnas nacionalistas y ha desaparecido la tolerancia, el respeto al discrepante y el pluralismo como valores políticos y sociales. El acoso se ha convertido en una práctica desgraciadamente extendida y no combatida por las autoridades. Por si fuera poco, la futura dinámica independentista depende en gran medida de un grupo antisistema.

Esta peculiar combinación del nacionalismo burgués, acomodado, y fuerzas que se ven en plena revolución imprime su carácter surrealista a este momento agónico. Se aplicará el 155, pero todo presagia que las convulsiones irán a más. En casos como este suele acudirse al socorrido diagnóstico de que las heridas tardarán en cerrarse, pero de momento solo cabe esperar que no se sigan abriendo mucho más.

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