La derrota de cataluña

El fracaso de la política y el desprecio independentista por la ley instalan a esta comunidad y a España en territorio ignoto

ALBERTO AYALA

Ni sorpresa, ni marcha atrás. Era improbable que tras el viaje de ida y vuelta protagonizado la víspera por el president Carles Puigdemont -que sopesó convocar elecciones anticipadas para el 20 de diciembre con el fin de evitar la intervención de la autonomía, para finalmente arrugarse- ayer se repitiera la pirueta y el contencioso catalán tuviera un final feliz. No hubo milagro.

El Parlament aprobó al fin la declaración de independencia. Lo hizo con el voto de los soberanistas y la ausencia de los constitucionalistas. Y en una votación mediante urna, secreta, para impedir que la Justicia identifique y castigue a quienes votaron ‘sí’.

Lo sorprendente es la frialdad con que se acogió el resultado, nada acorde en quienes, presuntamente, ven cumplido un anhelo. ¿Temor a las consecuencias penales? Seriedad y tímidas sonrisas en los rostros del ‘procés’, y distancia entre Puigdemont y su vicepresident Junqueras. Pruebas ambas de las heridas que sigue dejando el despropósito político catalán.

Ello contrastó con los abrazos y los puños en alto de los electos de la CUP -los aliados catalanes de Sortu-. Con la celebración del acuerdo por los dos centenares de alcaldes ‘indepes’ que siguieron el Pleno desde el hall del Parlament. Y, sobre todo, por los miles y miles de simpatizantes soberanistas reunidos primero ante el Parc de la Ciutadella, luego en Sant Jaume, ante la Generalitat, y en otras ciudades de Cataluña.

La imprescindible respuesta del Gobierno Rajoy llegaba en horas, y con sorpresa. Tras recibir el plácet del Senado a la aplicación gradual del artículo 155 de la Constitución para restablecer la legalidad y el orden constitucional, con el apoyo de PP, PSOE y Ciudadanos, el Ejecutivo movió ficha. Cese del president, del vicepresident y del resto del Govern, cierre de las ‘embajadas’ menos la de Bruselas y elecciones autonómicas... ¡El 21 de diciembre! La prueba de que Rajoy no quiere estirar innecesariamente la excepcionalidad, contra la opinión de muchos ‘halcones’ de su partido.

El fracaso de la política, incapaz de alumbrar en años un nuevo marco de convivencia pactado para Cataluña. Y, sobre todo, el desprecio por la legalidad y los valores democráticos del soberanismo infligen una derrota histórica a Cataluña. Derrota que ya ha tenido consecuencias en clave económica y de fractura social que difícilmente no empeorarán a corto plazo.

Es de una irresponsabilidad máxima alumbrar una DUI que conduce a Cataluña y al resto de España a territorio ignoto, a un agujero negro, con el notable pero insuficiente respaldo de dos millones de votantes de un total de 5,3. Y aún peor hacerlo sin soporte legal ni apoyos internacionales.

El secesionismo aboca a los suyos a la desesperanza de un camino que conduce, sí o sí, al fracaso. Y deja a sus líderes a las puertas de la cárcel, porque vulnerar la ley no puede salir gratis.

El ciclo político que arrancó ayer no va a ser un camino de rosas para Rajoy. Tiene 54 días para mostrar serenidad, eficacia, y devolver la confianza a los ciudadanos.

El presidente es consciente de que la intervención, del todo necesaria, desagrada a una amplia mayoría de catalanes. De ahí que acelere y coloque las urnas el 21-D. Pero si el soberanismo boicotea los comicios o rebasa el 50% de los votos, estaremos ante un horizonte aún más peligroso.

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