los dadivosos

Carles Puigdemont./REUTERS
Carles Puigdemont. / REUTERS
Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

Sabíamos que algunos altos cargos están ocupados por gentes de baja moral, pero eso no excluye que hospeden tan buenos sentimientos como la generosidad. Quien los disfruta los sabe y el que mejor los conoce es Carles Puigdemont. Su larga estancia en Bruselas, acompañado por los componentes del fantasmagórico consejo de la república, siempre ha despertado mucha curiosidad, aprovechando que ella nunca duerme más que con ojo. El sueldo de Puigdemont como diputado es de 3.000 euros y sólo la casa que tiene alquilada cuesta 4.000. ¿De dónde saca ‘pa tanto como destaca’? La pregunta del viejo cuplé se la hacen todos los españoles, incluso los catalanes que no son independentistas. Los que han indagado en el misterio aseguran que hay una red compuesta por empresarios amigos y otros adinerados separatistas y del PDeCAT que corren con los gastos y a veces los adelantan en la carrera.

El delirio ha llevado a Cataluña a la asfixia del ‘procés’. Los que dicen eso tan cómodo de ‘allá ellos’ debieron decir ‘allá nosotros’. Pobre España. Los salarios han subido un 0,2% en 2017, lo que supone diez veces menos que los precios y hay cada vez más viejos en la calle, con el frío que hace, pidiendo que les hagan justicia, aunque saben que lo mejor es no pedir nada. Por su parte, el prófugo más célebre de la última época, que vive lejos del barullo que ha contribuido a montar, sigue poniendo al preso Jordi Sánchez como sucesor. Peor sería que se fuera Messi. Lo de reafirmar la secesión se ha convertido en una de las tradiciones catalanas y oímos como quien oye llover o mira nevar. El consenso no es cosa que rija en toda Cataluña, sino en su parte más díscola, que es la que no quiere saber nada de la patria común y sólo entiende el patriotismo económico. Mientras, el inevitable Puigdemont sigue recibiendo dinero del PDeCAT y de los dadivosos altos cargos. No se les agota nunca.

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