Nosotros, los culpables

No se podrá salir del círculo vicioso en el que se mueve la izquierda abertzale riéndoles la gracia sino con una labor expresa y continuada que no admita prácticas intolerantes

Manuel Montero
MANUEL MONTERO

El clima social vasco es distinto desde que las fuerzas del orden y la justicia acabaron con la práctica del terror. Entre los principales cambios está la pérdida de importancia que se concede a las diatribas que llegan del antiguo MLNV. Sus viejas recetas del pasado son recibidas con creciente indiferencia o con una sorna inconcebible no hace muchos años. Es una pena que el Gobierno vasco de pábulo a sus confusos relatos con los que busca justificar el terrorismo a posteriori y el indiferentismo moral.

Sin embargo, los discursos que vienen de este submundo resultan inmutables, en parte por la audiencia que se presta a sus lloriqueos. Todo ha cambiado pero en esto estamos donde estábamos, dando vueltas a la noria. ¿Qué noria? La de la gestión del posterrorismo por parte de los excolegas del terrorismo, pues se les da vela en el entierro. Repiten los mismos latiguillos vacuos de antes, los que hablan de resolución del conflicto, de avanzar hacia el futuro, de inminentes acuerdos salvadores, de que creen agotada la vía del diálogo con el Estado, de sus tremendas voluntades de paz no correspondidas… Una de las circunstancias más lacerantes de las últimas décadas: todo ha sucedido sobre argumentos pre- potentes pero mediocres, expuestos una y otra vez con una retórica cansina, sin capacidad de evolucionar.

Más que un país, el País Vasco es un círculo vicioso. Tiene capacidad de repetirse hasta el infinito, por mucho que cambien las coyunturas políticas. Quizás esto se deba al mantenimiento de las interpretaciones anquilosadas de la izquierda abertzale y al respeto que le profesan el nacionalismo -que no suele criticarla, como mucho decirle inoportuna- y unos cuantos más.

Resulta posible también que históricamente se haya producido un malentendido, por la incapacidad general de entender que el MLNV creía en serio y literalmente sus fantasías, por muy inverosímiles que resulten. Reconstruyámoslas. En sus esquemas, dentro de la sociedad vasca existen grupos y personas antivascas, sin más objetivo que desnacionalizar Euskal Herria. La alucinación político-bélica se basa en el dogma de un antagonismo entre dos partes que se sienten en guerra: no solo ellos, sino también «los otros», quizás creen que todos comparten su paranoia, cada cual desde una trinchera. Y que los no nacionalistas asumen un papel beligerante, apoyan una presunta represión estatal, la inducen, incluso la practican, pues todo lo que no sea promover la identidad nacionalista vasca viene a ser represivo. Son un caballo de Troya para acabar con nosotros los vascos, sin importarles los medios: esa es la idea.

Imaginemos que esta sarta de sandeces no es una mera ficción ideológica ni un recurso doctrinal autojustificativo. Encontraríamos que esta gente ha creído que los no nacionalistas les hacen voluntaria y literalmente la guerra; y que lo suyo es una mera respuesta defensiva. Que cuando una persona era amenazada por el terrorismo no se extrañaba ni tenía ninguna razón para quejarse pues compartía el esquema militarista, como atacante. Sólo estaba recibiendo su merecido, la respuesta a su agresión voluntaria y culpable. Quizás eran incapaces de comprender la indignación democrática ante un asesinato, pues lo entendían como mera defensa frente a una agresión bélica de la que el asesinado y los suyos eran conscientes.

Desde fuera, resultaba imposible imaginar que este esquema paranoico fuese algo más que desvaríos de cuatro zumbados, pero quizás fue compartido y estaban peor de lo que parecía. Todo indica que era así, pues su actual propuesta «ni vencedores ni vencidos», expresada obsesiva, categórica y radicalmente, solo resulta comprensible a partir de la creencia en dos bandos en guerra y en la necesidad de un armisticio por la imposibilidad mutua de liquidarse.

Verosímilmente se ha producido esa asimetría en la interpretación de lo que sucedía en el País Vasco, la simpleza belicista frente a la lógica democrática. Seguramente sigue vigente. Si el esquema expuesto es el de la izquierda abertzale se derivan algunas consecuencias.

Primero. Esta gente se ha movido y mueve en un esquema moral que opone el bien y el mal, agredidos contra invasores. Y así el asesino tan solo defendía al pueblo frente al agresor; los ‘ongi etorris’ en los que celebran a los terroristas al salir de la cárcel no son una mera glorificación de su bando, sino una especie de reconocimiento social obligado a quienes defendieron el bien y la justicia.

Segundo. El axioma belicista no es una mera explicación de un antagonismo político sino un esquema alternativo a la democracia, a la que niega. En este planteamiento no puede haber una opción ideológica legítima que sea distinta a la que se identifique con el pueblo vasco. Forzosamente sería una impostura del enemigo que sigue en guerra, aunque se lo calle.

Tercero. Los agresores no pueden alegar inocencia. Las víctimas son culpables, puesto que han compartido y secundado la agresión a la identidad vasca, el valor supremo. Como mucho, puede haber neutrales, los nacionalistas que no han seguido las consignas del MLNV. Nunca lo serán los no nacionalistas, culpables por hacer de caballo de Troya.

Resulta verosímil que los esquemas en los que se está moviendo la izquierda abertzale sean los mencionados, en su literalidad o parecidos. Si es así, seguimos en un círculo vicioso. No se podrá salir de él riéndoles la gracia sino con una labor expresa y continuada que no admita prácticas intolerantes, expresiones antidemocráticas ni relatos sesgados en los que los asesinos no lo eran.

Fotos

Vídeos