Creer en las hadas

El empate en el último momento no arregla los males de un equipo sin alma, sin intensidad. Hasta ahora, capaz en Europa de lo malo y de lo peor

Jon Rivas
JON RIVAS

Hay días en que vuelves a creer que las hadas existen, que el monstruo del Lago Ness sigue escondido bajo las aguas de ese mar interior escocés, o que los gnomos viven en los bosques dentro de setas rojas y blancas. Esto último sobre todo. La seta de los gnomos es la amanita muscaria, que tiene un profundo poder alucinógeno. Y es que andábamos todos alucinados con el Athletic que estábamos viendo, desangrándose por el campo del lugar más frío de la fría Suecia. Pero apareció el mejor Susaeta, un minuto después de hacer la única jugada individual de la noche, para ponerle la pelota a Williams que consiguió un empate increíble para lo visto sobre el terreno de juego hasta ese momento. De nuevo creo en las hadas, en el monstruo del Lago Ness, en los gnomos, y hasta en los Reyes Magos, a los que les había perdido la fe después de varios años de camisas y calcetines.

Me imaginaba, mientras veía el partido, a mi colega Jon Agiriano pidiendo cajas de cerillas para comérselas de una en una según transcurrían los minutos, y con el Östersunds perdonando más que los abarrotados confesionarios de San Pedro del Vaticano. Incluso haciendo regalos como el de su portero a Córdoba que acabó en el gol de Aduriz. Para entonces el espectáculo era ya como para irse al cine a ver una película de serie B, porque como decía el recordado José Mari Múgica, la que se estaba desarrollando en el campo ya la habíamos visto unas cuantas veces.

El campo, el frío, bla, bla, bla... Todo eso ya tenía que estar asumido en un equipo superprofesional como el Athletic. No había excusas que poner. Los suecos jugaban bien al fútbol, pero también desbordaban, y corrían, y marcaban a un grupo inane de futbolistas que perdió gran parte del crédito que consiguió contra el Sevilla.

El centro del campo era un solar. Ni Vesga ni Iturraspe, que a pesar de sus galones parecía recién ascendido del equipo cadete, ni Raúl García, sabían contener al rival; ni salir con un mínimo de decencia hacia campo contrario.

El Athletic confunde la tranquilidad con la pachorra, la intensidad con la precipitación, el golpe de timón con el bandazo; defender con meterse en el área sin ton ni son, y como es lógico, en todo este asunto, Ziganda es el máximo responsable. Todavía no ha sabido darle un estilo al equipo. Esperemos que sea eso, porque si lo ha conseguido tenemos un grave problema.

El 0-1 del descanso era tan de mentira como el gnomo de la amanita muscaria, sólo una realidad virtual creada por Herrerín, así que cuando el Östersunds le dio la vuelta al marcador frente a un equipo que se derretía pese a la temperatura bajo cero, nadie se extrañó lo más mínimo. Y pudieron ser más y peor, pero los suecos, nuevos en esta plaza, siguieron perdonando a un equipo de vergüenza ajena.

Aunque de repente aparecieron las hadas, salió el monstruo del Lago Ness, adelantaron su viaje anual los Reyes Magos y saltaron alegres los gnomos en sus micológicas casitas rojiblancas. Marcó Williams y escondió un poquito las evidentes carencias del Athletic. Pero el empate no arregla los males de un equipo sin alma, sin intensidad. Hasta ahora, capaz en Europa de lo malo y de lo peor. Otro partido así y habrá que dejarlo para otro año.

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