Demasiado coyuntural

«Nos hemos convertido en un fantástico ejemplo de colaboración en la gobernabilidad»

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Ya se sabe lo que sucede con el Concierto. Avanza como un rayo, según se enfanga la gobernabilidad en Madrid y se atasca estrepitosamente cuando las mayorías absolutas se asientan en la Corte. Como ahora tocan curvas cerradas para el Gobierno del PP, el Concierto ve cómo lo que fueron espinas irresolubles se allanan y se transforman en rosas. En brillantes y espléndidas rosas que crecen por doquier: en el cálculo del Cupo, en las competencias sobre los impuestos en sociedades, IRPF y sucesiones... Y eso sin contar los acuerdos previos en inversiones, etc. ¿Es eso lógico? No, pero es así.

¿Y por qué razón es así? Son varias. La primera consiste en que este y todos los anteriores gobiernos centrales participan de la opinión general de que el Concierto es un privilegio. Una opinión que, con carácter absolutamente general, está basada en una serie de ‘a prioris’ indestructibles y que nos preocupamos demasiado poco en destruir. Si no lo cree, pregunte más allá del Ebro y verá cómo la respuesta es tan general como inexacta: los vascos tenemos un sistema fiscal de privilegio. Lo tenemos no sólo a nivel general -lo cual es muy discutible y siempre se basa en análisis incompletos-, sino también a nivel particular, lo que nos lleva a concluir que hay cantidad de vascos bobos y masoquistas que se marchan del ‘paraíso’ fiscal en el que retozamos para recalar en el ‘infierno’ fiscal madrileño.

La segunda es que, a pesar de que no le gusta a nadie, ninguno se atreve a abrir el melón de su abolición. Ni siquiera lo haría Ciudadanos si tuviera opciones de gobernar (esto es una opinión, no una constatación, pues tal hecho no se ha producido hasta ahora). Ni siquiera se atreve a modificarlo el Gobierno vasco con respecto al famoso e inmutable 6,24% en el que se cifra nuestra participación en las competencias no transferidas. Todo el mundo piensa -y el INE certifica- que ese porcentaje es ahora menor, pero aceptarlo oficialmente supone resquebrajar la solidez del gran dogma que identifica al nacionalismo con el mayor progreso. La tercera es que nos hemos convertido, por arte de la magia del devenir político, en un fantástico ejemplo de colaboración en la gobernabilidad y de sensatez en los planteamientos. Los frutos así obtenidos se exhiben como ejemplo a seguir en lugares más díscolos.

Bueno, pues no seré yo quien me queje de la deriva actual de los acontecimientos. Sólo me seguiré quejando de la ausencia de pedagogía y de la falta de esfuerzos de explicación. Porque vendrán tiempos peores -en los que cinco votos sean una cifra irrelevante-, y la situación se complique. Es mucho mejor que el Concierto navegue en medio de la claridad, el acuerdo y el respeto general, en lugar de hacerlo por el siempre proceloso y reversible mar de la conveniencia política coyuntural.

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