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Se retira la polémica campaña municipal sobre drogas

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Al Ayuntamiento le ha estallado una campaña entre las manos. Hoy le pasa a cualquiera. Distribuyes un cartel en el que sale alguien con cara de no ver de cerca y te demanda la Confederación Hipermétrope de España. Tenemos el ‘zeitgeist’ hecho una pena: es una susceptibilidad en carne viva. Y centrifuga, la pobre, dentro de un acelerador de escándalos. El último ha tenido que ver con una campaña sobre drogas impulsada por la municipalidad. Primero supimos de ella en estas páginas y después asistimos a su amplificación tumultuosa, con la consiguiente distorsión. Ayer al mediodía parecía que, igual que Tierno soltó aquello de «rockeros, el que no esté colocado que se coloque», Aburto se había venido arriba con algo incluso mejor: «Bilbaínos, que cada uno rule con su rulo y a picar bien las rayas».

Eso, claro, no había sucedido. Si llega a suceder, el PNV en las próximas municipales saca veinte concejales. Lo que ocurrió fue que una campaña de Salud orientada a informar sobre drogas (de madrugada y en fiestas) a quienes se disponían a consumirlas trascendió ocasionando un gran lío. Y terminó dando la sensación de que el Ayuntamiento fomentaba el consumo de drogas entre la juventud en lugar de orientar sobre consumo seguro a quienes (de madrugada y en fiestas) iban a consumirlas. Lo que hacía el Ayuntamiento era lo que lleva décadas haciendo Energy Control, solo que esta vez los folletos incluían identificativos municipales y adoptaban la forma de instrumental noctámbulo: una tarjeta de plástico y un rulo. A nadie debió de ocurrírsele que eso sí era mala idea.

Ayer se retiró la campaña, que estaba en llamas y reunía dos características infrecuentes: un fondo sensato y un diseño en propia meta. Si se fijan, las cosas suelen funcionar hoy justo al revés. El Ayuntamiento podría haberse defendido más del histerismo que rodea al tema de las drogas y haber recordado que, como Administración, le corresponde promover la educación y no la santidad. Aunque, en realidad, no podía hacerlo. Si no retira la campaña hoy, en los amplios espacios que las mañanas televisivas reservan para el crimen, estarían todos comentando recreaciones dramatizadas de lo que ocurre en Bilbao: ese alcalde interrumpiendo las clases en los institutos para repartir personalmente pipas de crack.

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