Colapso por una nevada

La dimensión del temporal desbordó los planes iniciales de las instituciones

La intensa nevada de ayer tuvo en jaque durante horas a Álava y colapsó buena parte de la actividad en el resto de Euskadi, donde tuvo una especial intensidad. La muerte de un vecino de Galdakao de 65 años, al resbalar y golpearse la cabeza, y los múltiples problemas registrados en el transporte público y las carreteras representan el contrapunto –trágico en el primer caso– al paisaje bucólico en el que se sumergieron, disfrutándolo, miles de ciudadanos. Empieza a ser una evidencia que la meteorología emerge en ocasiones como una afección social –desde las dificultades en el transporte a los escollos para conciliar si no funcionan con normalidad los colegios o los centros de día para mayores–, por más que el calendario marque que lo normal en estas fechas son el frío y las inclemencias. De ahí que resulte esencial el máximo tino de los expertos en la predicción del tiempo y una adecuada activación de los dispositivos de respuesta. Aemet y Euskalmet coincidieron la víspera en presagiar nieve al nivel del mar y en cuáles serían las horas más críticas. Acertaron. Lo hicieron con dos alertas no coincidentes –amarillo y naranja, respectivamente– que es discutible que transmitieran de forma inequívoca la dimensión que alcanzó finalmente la nevada. Las instituciones reaccionaron con agilidad al comprobar la verdadera dimensión del temporal. Pero en algunos casos se vieron sorprendidas por su inesperada crudeza y desbordadas en un primer momento, lo que les obligó a reforzar los recursos materiales y humanos que habían previsto para la ocasión, que resultaban a todas luces insuficientes. Todo ello, unido a la actitud de los ciudadanos que optaron por lanzarse a la calle sin atender a una obligada cautela, derivó en colapsos de tráfico en las principales redes viarias, pese a las advertencias previas del Gobierno vasco. Álava quedó incomunicada por carretera durante horas por el bloqueo de la A-1, convertida en una ratonera por una fuerte ventisca que obligó a interrumpir la circulación en unos 30 kilómetros, y por los problemas que registró la AP-68. Los efectos meteorológicos más severos tienen inevitables efectos en la vida diaria por muy ajustadas que sean las previsiones. Pero la capacidad de respuesta eficaz de una sociedad no se juega solo en cómo afronta lo predecible, sino especialmente en cómo encara y solventa lo imprevisto. Y en ese terreno queda un cierto margen para la mejora.

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