La coherencia como noticia

Damos por hecho que a los filósofos no les suele asistir el don de actuar en consecuencia con las ideas que predican

IÑAKI EZKERRA

El titular de prensa era inevitable: ‘Anne Dufourmantelle, la filósofa que elogiaba el riesgo, se ahoga en la Costa Azul al arriesgar su vida para salvar a unos niños’. Estamos tan poco habituados a la coherencia en la sociedad en la que vivimos que, cuando la vemos encarnada en alguien, se convierte en noticia. Digamos que ‘la coherencia de Dufourmantelle’ se ha superpuesto en los periódicos a la propia noticia de su muerte y que, leyendo estos, da toda la sensación de que sorprende, impresiona y conmueve más la primera que la segunda. Lo que en realidad quería decir ese titular, que han repetido con mínimas variantes los medios de comunicación estos días atrás, viene a ser más o menos que un caso de coherencia semejante es una excepción y que, tácitamente, todos damos por hecho que a los filósofos -como a los políticos, a los jueces, a los curas, a los ministros de Hacienda…- no les suele asistir el don de actuar en consecuencia con las ideas que predican y se les va la fuerza por la boca.

A esa convicción general responden la mayoría de las declaraciones que se han publicado sobre el trágico final de Dufourmantelle. La que más le ha llamado a uno la atención, por desconcertante, es la de su colega Raphaël Einthoven: «Era maravillosa. Su muerte es un escándalo.» ¿Escándalo? No me parece ésa la palabra más apropiada para la ocasión. ‘Escándalo’ es un término que busca culpables; que responde a un sentimiento no ya de conmoción sino de indignación; que conlleva un juicio moral sobre un hecho y sobre su autor o autores. ¿A quién culpar del caro precio que ha tenido para Anne Dufourmantelle la decisión que tomó ella misma de un modo que percibimos como coherente con lo que defendía en sus libros? ¿Contra quién indignarnos? ¿Contra la propia vida, que ella asumía en su dimensión más dramática, más dolorosa, más arriesgada? Es verdad que a veces decimos que la vida es injusta con fulano o con nosotros mismos, pero lo decimos conscientes de que estamos usando una licencia literaria; de que esa es una forma de hablar y de que a la vida no le podemos pedir cuentas de lo que nos debe o lo que nos quita, como a un ladrón o a un deudor moroso. Y, si es así, si somos conscientes de la amoralidad de la existencia sin necesidad de ser Dufourmantelle ni de compartir su amor al riesgo, con más razón debía serlo quien hizo doctrina de la aceptación de la existencia en su última consecuencia: en la posibilidad de su pérdida prematura, gratuita y accidental. Intentando, en fin, mostrar su admiración por Dufourmantelle, Einthoven ha negado a Dufourmantelle, lo cual prueba que, en efecto, la coherencia es un bien escaso.

Volviendo al titular de prensa -‘La filósofa del riesgo se ahoga al arriesgar su vida para salvar a unos niños’-, da la impresión de que lo noticiable es ‘una intelectual que muera por ser fiel a sus ideas’.

Fotos

Vídeos