Clima, atmósfera y nosotros

RAMÓN LOZA LENGARAN

Cuando estudiaba Climatología, hace casi cincuenta años de eso, me presentaron el ‘jet stream’, una ‘corriente en chorro’ que circula de Oeste a Este, en ocasiones hasta a casi 400 kilómetros por hora, y me mostraron cómo su descubrimiento había permitido explicar muchas cosas del clima en el hemisferio norte. Aunque por aquel entonces nadie era capaz de explicar ni por qué se producía ni por qué, a veces, estaba más baja y otras más alta, lo que parecía claro era su influencia en las diferencias climáticas estacionales que afectaban al continente europeo.

Aún antes de lo que digo, los científicos había elaborado la teoría de las glaciaciones. Según ellos, la Tierra, en los últimos miles de años, había tenido cuatro periodos glaciares, con sus correspondientes periodos interglaciares. Nosotros, las civilizaciones neolíticas actuales, estaríamos viviendo en un nuevo momento interglaciar, posterior a la glaciación de Würm, que es la que afectó al continente europeo dejándolo congelado casi por completo y afectando gravísimamente a la supervivencia de los seres vivos, seleccionando de entre ellos los más capaces de acomodarse al frío. El hombre de Cromagnon, por ejemplo.

El final de la glaciación introdujo novedades. El calor aumentó, las lluvias remitieron. Amplias zonas de África y Oriente Medio, en lo que más nos afecta, perdieron masa boscosa. Los vegetales menores se impusieron en esas zonas. Las gramíneas, por ejemplo. La vida, utilizándolas para la alimentación, los cereales sobre todo, hubo de complicarse. Los grupos humanos ya no tenían la comida al alcance de su mano, tenían que fabricarla. Lo que lograron con gran eficacia, sobre todo aprovechando el agua constante de los grandes ríos, primeras civilizaciones, o las orillas de un gran mar interior, el Mediterráneo, donde las condiciones climáticas aseguraban una vida cómoda y una prosperidad casi segura. Las zonas continentales europeas siguieron siendo agresivas aún para la vida humana aunque, paulatinamente, lo fueron siendo menos, ampliándose las regiones en las que era posible reproducir los modelos costero mediterráneos.

La existencia de este amplio espacio ‘templado’, en líneas generales, aunque sujeto a variaciones por ‘paralelos’, es la base del mundo tal como hoy lo conocemos. El éxito de sus habitantes fue total, hasta convertirse en los reyes del mundo.

Todo lo que aquí aseguro es hijo de mis cuadernos de apuntes, de cuando estudiante. Si alguien quiere saber cómo se ven las cosas ahora, puede pasarse por la Wiki.

Lo que he contado hasta aquí es historia climática. Porque, si algo parece caracterizar al clima de la Tierra, aunque no esté muy claro por qué, es que cambia. Que viene cambiando desde hace miles de años. Beneficiando con ello a determinados grupos humanos y castigando a otros de la misma manera. La idea de que el ser humano es capaz de incidir de manera notable sobre estos cambios es hija de su prepotencia. O, lo que es peor, hija, como he denunciado desde tiempo, de sus especulaciones económicas que pretenden convertir esa pretendida incidencia en un gran negocio.

El cambio es inevitable, porque la atmósfera, por la razón que sea, tiende a cambiar; lo está haciendo siempre. En los últimos miles de años, estos cambios se han caracterizado por el aumento de la temperatura y sus consecuencias, y es posible que el ser humano, muy últimamente, esté colaborando en ello pero de forma muy circunstancial. De tal manera que si ahora mismo fuéramos capaces de no calentar la atmósfera, el futuro climático no variaría por ello. Se podrían ralentizar algunas circunstancias pero nada más. Con el tiempo, las consecuencias que ya vamos viendo, pérdida de masa polar, por ejemplo, se seguirían produciendo y con la misma aceleración. Pues es evidente que las consecuencias de cada pequeño cambio contribuyen a que los siguientes sean mayores y más rápidos. Las glaciaciones fueron periodos larguísimos. Lo que ha ocurrido, tras el final de la última, rapidísimo. Y no por influencia humana. Es un tema en el que tenemos poco que hacer. No así en el que ahora voy a plantear

Como especie, la humana debe preocuparse más por acabar con lo que si está en su mano. Debe dejar de envenenar la atmósfera. No es tampoco ésta una actitud en la que la naturaleza, por sí misma, no sea capaz de hacerle la competencia, tenemos constancia de autoenvenenamientos masivos a lo largo de la historia, pero, en las circunstancias actuales, con los volcanes tendentes a la inacción, aquí sí es posible responsabilizar de lo que ocurre, o pueda ocurrir, a nuestra actividad. Estamos llenando la atmósfera de productos químicos que nos están envenenando. Estamos propiciando que la atmósfera se llene de un ‘bios’ tremendamente dañino para los que lo respiramos.

Aquí sí que no hay peros que valgan. Hay que dejar de hacerlo, ¡ya! Aunque, económicamente, no sea tan rentable como lo del cambio climático. Tenemos que recuperar una atmósfera ‘limpia’ en todos los sentidos. No porque ello vaya a tener que ver con el clima, sino porque tiene que ver de manera directa con nuestra salud. No puede ser que hayamos logrado avances tan espectaculares en protegerla para luego estar haciéndola añicos con lo que lanzamos a la atmósfera. Y no me refiero al humo del tabaco precisamente.

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