¿Civilización o barbarie?

No esgrimamos como defensa esta civilización manchada de sangre porque nuestro odio hacia otras culturas y nuestra falta de respeto hacia el diferente nos hacen blanco del odio y la violencia

Edurne Portela
EDURNE PORTELA

Escribo este artículo todavía conmocionada por los atentados de Barcelona. Al desasosiego, la rabia, la tristeza, la impotencia y el dolor causados por la muerte de personas inocentes se une una profunda sensación de desagrado y repulsa ante algunos comportamientos y comentarios que me hacen pensar en la decadencia de nuestros valores éticos, en la permanente regresión hacia el odio y la violencia de nuestra sociedad.

Apenas unas horas después del atentado, una conocida periodista escribía en su cuenta de Twitter: «Malditos seáis, islamistas hijos de... Ya os echamos de aquí una vez y volveremos a hacerlo. España será occidental, libre y democrática». Podría empezar diciendo que la Reconquista no fue una empresa ‘anti-islamista’ (con leer ‘El Cantar del Mío Cid’ ya a uno le queda claro), o señalando la imposibilidad de construir una sociedad libre y democrática a base de odio y violencia. Pero me voy a quedar con esa apelación a la «España occidental» de la que se hacen eco muchos políticos. Mariano Rajoy, por ejemplo, ha declarado que defenderemos «nuestra civilización» frente al terrorismo, dando por hecho, como otros líderes europeos y por supuesto Donald Trump, que estamos sumergidos en una batalla entre civilización occidental y barbarie, una barbarie que viene del Este y del Islam. Que la lucha contra el yihadismo se base en la defensa de esa supuesta superioridad civilizatoria merece no solo la aclaración importante de que el Daesh o Estado Islámico no es lo mismo que Islam (ocho de cada diez víctimas de terrorismo yihadista son musulmanas), sino también una autocrítica sobre qué civilización estamos defendiendo y desde qué presupuestos.

Los políticos o los periodistas irresponsables que incitan a la islamofobia no están pensando en una defensa de la civilización como lo hizo, de forma tan bella, Enric González en un artículo del 18 de agosto, en el que hablaba de civilización como «cultura, empatía, inteligencia». Lo que defienden ellos es una civilización que tiene mucho de barbarie y que, de hecho, se fundamenta en una historia de violencia. Hay multitud de ejemplos históricos, empezando por la misma expulsión de los musulmanes y judíos de España durante la Reconquista, culminando con el reinado de los Reyes Católicos (sin olvidar la masiva expulsión de moriscos ya en 1609). Habría que añadir el genocidio indígena durante la conquista de América y el régimen colonial, en nombre de la Cristiandad y España. O más recientemente, la Guerra Civil y la dictadura franquista, cuya justificación se argumentó en torno a la idea de Cruzada contra el contubernio «judeo-masónico», y para defender precisamente la civilización católica y occidental. España no se queda sola en esta defensa a sangre y fuego de la civilización occidental: el general Videla y su Junta Militar esgrimieron la misma causa anticomunista para instaurar la dictadura en Argentina, con sus centros de tortura y desaparición. También lo hizo Pinochet en Chile, Stroessner en Paraguay, y con la ayuda de EE UU, llevaron a cabo el Plan Cóndor. Nuestros vecinos europeos tampoco se salvan de su barbarie civilizatoria, como muestran su historia colonial no tan lejana (Argel, Congo) y las dos guerras mundiales... Y regresando al ahora: si la civilización occidental está tan libre de barbarie, ¿cómo es que dejamos morir a refugiados en el mar y en campos de internamiento, refugiados que están huyendo de ese mismo terrorismo que nos asola? Así podría seguir dando ejemplos ad-infinitum.

Un hecho de estos atentados que me ha dejado absolutamente perpleja y asqueada es que mientras las víctimas estaban desangrándose en el suelo, muriendo o ya muertas, algunos testigos, en vez de acompañarles, se dedicaron a grabar y después a difundir los vídeos en las redes sociales. Esa es nuestra civilización también, a ese grado de perversión, inhumanidad, desvergüenza, crueldad y falta de empatía hemos llegado.

El terrorismo es, sin duda, barbarie. Pero a esa barbarie no sirve de nada oponer valores tan cuestionables e imprecisos como el de «civilización occidental», porque en nombre de ella se han cometido no pocas barbaridades que nos han llevado a este orden mundial tan inestable y conflictivo. Al terrorismo debemos oponer valores éticos fundamentales, los cuales compartimos con otras culturas y civilizaciones, también con el Islam. Que el Estado haga lo suyo para protegernos. Pero los ciudadanos de a pie y los que tenemos en nuestra mano el ejercicio de la información, el pensamiento o la escritura, defendamos los derechos humanos y la empatía como sustento de la convivencia, defendamos la solidaridad y la diferencia. No esgrimamos como defensa esta civilización manchada de sangre porque nuestro odio hacia otras culturas, nuestra falta de respeto hacia el diferente, y nuestras violencias pasadas y presentes nos hacen blanco, también, del odio, el desprecio y la violencia. Y nos vacían de esos valores fundamentales, universales y compartibles que necesitamos, en occidente y oriente, para combatir el terror.

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