Y el cine llegó en agosto

JON URIARTE

8 de agosto de 1896. Se proyectan películas con el kinetógrafo en el Círculo Mercantil, situado en la planta baja del Teatro Arriaga”. No era la primera vez que leía la efeméride. Y viniendo del maestro Alberto López Echevarrrieta siempre la tomé muy en serio. Pero esta vez había algo más. Una reseña en un periódico madrileño. Cierto veterano cronista recordaba los primeros pasos del cine en Madrid y subrayaba que no fue la única villa que coqueteó con él, meses después de nacer en París, por obra y gracia de los Lumiere. De hecho, mencionaba varias veces a Bilbao. No porque fuera la primera o la segunda. Sino por el entorno en que tuvo lugar. Agosto y bajo los calores y sonidos de las fiestas de nuestra villa.

Antes de nada deberemos recordar dos cosas. Que la Semana Grande de Bilbao viene de viejo y que siempre fue taurina. Pero la gente quería algo más. De ahí que, en 1878, se añadiera otro elemento. El ferial. Tengo guardado cual tesoro, al fin y al cabo lo es, una serie de artículos de periódicos de la época que dan fe de ello. Como los del “El Noticiero bilbaíno” y “El Nervión”. Sorprende descubrir en ellos las actividades que tenían lugar en dicho recinto. Exposiciones con extrañas figuras de cera representando momentos históricos o, a veces, personajes inquietantes y espectáculos que los cronistas de la época mencionan, con sorna y cierto desinterés, sobre cuadros disolventes, fantasmagorías o linternas mágicas. Aparentemente todo interesante. Pero, al parecer, no lo suficiente. Además el tema de debate entonces no era el contenido sino el continente. Desde siempre hemos estado a tortas vecinales. Y hace siglo y medio el motivo no era otro que la ubicación del ferial. Que si aquí no que me viene mal, que si esa zona es de calles angostas, que si en esa otra los vecinos se quejan…¿les suena?. No es raro por tanto que la llegada a Bilbao del kinetógrafo, así llamaban al cinematógrafo, no fuera noticia de portada. De hecho fueron dos las reseñas en 1896. En una hablan de una primera exhibición el 6 de agosto en “El Sitio”. En realidad se refiere al lugar que ocupó dicha sociedad. Habían pasado siete meses desde su presentación parisina y el invento había generado cierto interés. A falta de más datos recurro al Dr. Txomin Ansola, experto en éstos y otros temas, que describió en su día los detalles de aquél evento. Y cita, expresamente, a un aragonés, Manuel Galindo, que ya había sorprendido antes con un espectáculo de dioramas y audiciones fonográficas. Era el propietario del Salón Eliseo-Express, de notable fama, lo que ayudó a que la reunión fuera de interés periodístico. No salió tan bien como esperaban. Las crónicas hablan de un curioso efecto que no fue del todo satisfactorio. Se achacó a la premura de Galindo por presentar el invento. Aunque algo tuvo, porque dos días después lo intentaban de nuevo. Esta vez en el Arriaga. Para ser exactos en su planta baja. Añaden las crónicas que el responsable del kinetógrafo era Eduardo Gimeno que, acompañado por su hijo, llevó a cabo la proyección. Y aseguran que esta vez sí fue un digno espectáculo. Lo que nunca quedó claro es si los Gimeno eran propietarios o habían sido contratados por un tercero, de nombre Fidel Canto Diez. Tampoco se sabe nada del contenido de aquellas imágenes. Si en cambio sobre otras que tiempo después fueron proyectadas por Enrique Farrús, alias Farrusini. Sus títulos, “Choque de trenes” y “Riña de mujeres”. Se ve que lo del argumento facilón también viene de viejo. Todo sea por lograr la bendición del público. Diez céntimos la general y quince la preferencia. Esos eran los precios. No era mal negocio teniendo en cuenta que hablamos de una media diaria de 20 sesiones, a razón de 800 espectadores cada una. Lo que animó, en 1905, al nacimiento del mítico Salón Olímpia. Bilbao ya tenía su cine estable. El primero de muchos. Pero bueno será que nadie olvide que todo empezó en unas lejanas fiestas de un cálido mes de agosto.

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