Cierre nuclear

La clausura de Garoña supone un precedente ineludible para el resto de las plantas que pronto agotarán su ciclo vital

EL CORREO

Garoña anticipa la suerte de las demás centrales, cuando el retorno de la inversión que requeriría su continuidad no compensa la contestación y las prevenciones que suscita. El cierre definitivo de Santa María de Garoña, al denegar el Gobierno la prórroga de su actividad, suscitó ayer reacciones de satisfacción y de decepción que describen perfectamente las discrepancias generadas en torno a su existencia y a su eventual continuidad. El ministro de Energía, Álvaro Nadal, pareció lamentar la decisión, deplorando que la central se hubiese convertido en motivo de disputa política. Es evidente que el Ejecutivo de Rajoy, en minoría, no estaba en condiciones de hacer suyo el plácet condicionado del Consejo de Seguridad Nuclear, cuando todos los grupos de la oposición se inclinaban por el cierre. Cuando el apoyo de la Junta de Castilla y León y del consistorio del Valle de Tobalina a la continuidad de Garoña se veía contrarrestado por la postura de las instituciones de Euskadi, Navarra y La Rioja, y la oposición de décadas de distintas organizaciones ecologistas y sociales. Aunque han sido la empresa propietaria de la central, Nuclenor, y su socio Iberdrola los que han cuestionado la rentabilidad de mantenerla en funcionamiento hasta 2031; dado que el intento de adecuación de las instalaciones ha supuesto ya una inversión de 358 millones de euros y se requerirían más de 200 millones adicionales para reactivar la planta con garantías. La central de Garoña fue la primera en ponerse en marcha y la primera que cierra en un país que tampoco ha sido capaz de abordar con un mínimo de sosiego la discusión sobre la demanda de energía, la aportación de la nuclear y sus eventuales riesgos. Solo desde una actitud ingenua o voluntarista podría mantenerse que el cierre anunciado ayer no representa, necesariamente, un precedente ineludible para las centrales que en pocos años van a alcanzar sus 50 de actividad y para el hipotético proyecto de instalar otras nuevas. España cerró ayer el capítulo nuclear y resulta más que improbable que la industria trate de reabrir sus páginas frente a las renovables e incluso las fósiles. A los problemas de viabilidad de la continuación del parque actual se le une la contestación social y política a un tipo de energía que se vino abajo con Chernóbil, en 1986. La energía nuclear perdió sus oportunidades de asentarse con normalidad y como opción para más de cincuenta años cuando el retorno de su inversión dejó de compensar la contestación ciudadana y las prevenciones políticas que suscita.

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