Chernóbil

Boquerini .
BOQUERINI .

No importa cuántas veces lo hayan puesto, sigue poniendo los pelos de punta. Me refiero al documental 'La batalla de Chernóbil' que La 2 ha emitido en dos partes, martes y miércoles a las 9 de la noche. Y esta reposición ha coincidido con la noticia del cierre definitivo de lacentral nuclear de Garoña. El lunes La 2 emitió un prólogo, 'Chernóbil ¿Una historia natural? Un enigma radiactivo', sobre Chernóbil en la actualidad, y como se ha desarrollado la fauna y la flora en la zona de exclusión. Interesante, pero un simple aperitivo de lo que ha venido en los dos días siguientes, una auténtica pesadilla de terror. Y es que 'La batalla de Chernóbil' cuenta lo que sucedió aquel 26 de abril de 1986, en que uno de los reactores de la central nuclear estalló provocando una evacuación de más de 135.000 personas en menos de 12 horas (ojo, tres días después de la explosión), y cómo todo lo que podía salir mal salió mal.

Lo que provoca el mal sueño no es lo terrible de la situación, que también, sino que esta se muestra con todo tipo de detalles, con imágenes filmadas por cámaras y reporteros que aun no sabían que aquella radioactividad a la que estaban expuestos acabaría con sus vidas en muy poco tiempo. Porque se tardaron demasiados días en informar de lo que estaba pasando. Incluso a Gorbachov (que interviene explicando cómo se enteró y lo que se hizo para evitar que Europa entera se convirtiera en un páramo yermo), se le negó la información. Y en la ciudad los niños seguían jugando en los parques mientras millones de partículas radioactivas se expandían sobre sus cabezas. Siempre igual. Da igual que sea Chernóbil, la isla de las Tres Millas, Fukushima o Palomares. La primera decisión es ocultar lo sucedido «para no alarmar a la población». Y después pasa lo que pasa. Este muro de silencio no hace otra cosa que poner en evidencia a los responsables.

El apocalíptico documental muestra lo cerca que se estuvo del apocalipsis. Y la población de Chernóbil, confiada de que no pasaba nada. «Si me siento bien ¿por qué me tengo que ir?», decía un lugareño que moriría un mes después. Una actitud semejante a la que hace un mes mostraba otro reportaje sobre Palomares, donde sigue existiendo radiactividad en algunas zonas, debidamente delimitadas. O eso dicen.

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