La charla grabada

Lo de la Púnica es, al parecer, una minucia en alguien que tiene la delicadeza de traerle a la jefa unas ristras de chorizos de Valdemoro

Eduardo Zaplana e Ignacio González./
Eduardo Zaplana e Ignacio González.
Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

De la famosa conversación entre Eduardo Zaplana e Ignacio González que se ha filtrado a los medios y que fue grabada el 19 de enero de este año, a uno no le han sorprendido, la verdad, ni las fobias que expresan ni la dureza con la que hablan de sus compañeros de partido sino dos curiosos detalles que delatan el sentido ético del exministro de Trabajo y expresidente de la Generalitat valenciana. Uno de esos detalles es la chusca alusión a la ingratitud de Esperanza Aguirre: «Oye, Granados será lo que sea, pero seguro que algún consejo le daba y trabajaba y le traía embutido del pueblo». Para el autor de esa observación no parece que tengan gran importancia los delitos de blanqueo, cohecho, tráfico de influencias, fraude fiscal y falsedad documental que se le imputan al exconsenjero de la Comunidad de Madrid. Ese coloquial «será lo que sea» no se refiere al mal carácter, a la tacañería en las propinas o a las trampas que pudiera hacer Granados en el mus sino a su presunta implicación en una trama corrupta. Lo de la Púnica es, al parecer, una motita ridícula, una insignificante minucia, una nadería en alguien que tiene la delicadeza de traerle a la jefa unas ristras de chorizos y de salchichones de Valdemoro.

El otro detalle de Zaplana que me ha llamado la atención en esa amistosa y distendida charla está en su comentario sobre Aznar, quien, según él, no está para elegir el candidato que sustituya a Rajoy «sino para apuntarse a la ayuda del que venga con la excusa de que los principios se han vuelto a recuperar en el PP». Me llama la atención, sí, esa ligera, esa sobrentendida, esa cínica alusión a la utilización sin principios de los principios; esa manera de hablar de la ética sin la menor ética; esa tácita consciencia del uso de la limpieza moral como un arma sucia. Lo que deja entrever esa desaprensiva mención del exministro a «la excusa de que los principios se han vuelto a recuperar en su partido» es lo asumido que tiene que éstos son, en efecto, una simple, útil y demagógica excusa, una mera cantinela táctica, una consabida artimaña retórica para vestir o desvestir un muñeco político; para lucirlos en la pechera o lanzárselos al rival como un arma arrojadiza o una lengua de fuego amigo.

La verdad es que la frase se las trae no ya sólo por lo que destila de escepticismo moral y de maquiavelismo de tercera regional sino también de subestimación de la militancia y del electorado. Da implícitamente por hecho que una y otro tragan con todo lo que se les diga, sobre todo cuando lo que se les dice es lo que les gustaría oír, lo que quisieran creer, lo que haga falta para recuperarlos. El problema que tienen esos traídos y llevados principios es que no son fichas de un parchís al que juegan dos cortesanos sino algo por lo que se jugó la vida y llegó a morir una pobre gente en los pueblos del País Vasco.

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