Centrifugar el talento

La burocracia interna de los partidos y la profesionalización de sus estructuras no fomentan la preparación y el liderazgo natural

ÓSCAR RODRÍGUEZ VAZ

Confieso que no me sorprendió conocer hace unos días que Eduardo Madina abandonaba la política. A pesar de haber entregado (casi) todo a su partido desde la adolescencia, en las circunstancias más complicadas, ciertamente no fue una noticia que me extrañara. Es más, en términos personales, fue una buena noticia para mí, porque conozco a la persona, sé de sus capacidades y, en consecuencia, sé que prosperará fuera de la política. También me alegré porque estoy convencido de que ganará en calidad de vida.

Y es que a pesar de ser la diana de gran parte de las iras ciudadanas, ser político de vocación no es tarea sencilla ni agradecida. No existe el descanso ni la desconexión: se es político siete días a la semana, 365 días al año. Y tampoco son demasiadas las ocasiones en las que se recibe el halago público por acertar en una decisión o desarrollar una eficaz tarea legislativa o de gestión.

Más allá de lo personal, y al margen de las discrepancias que se pudieran tener con su acción política, el que personas de la talla de Eduardo Madina abandonen la actividad pública es una mala noticia para la política y, por supuesto, también para el Partido Socialista. En cualquier caso, nadie debiera ahora echarse las manos a la cabeza, puesto que Madina no es la única persona válida que ha dejado el ‘oficio’ recientemente, ni el PSOE el único partido que se ha dedicado a centrifugar talento y, por tanto, a menguar sus posibilidades de creación e innovación.

Sin ánimo de ser prolijo en ejemplos y nombres, en el ámbito de la derecha española, son muchos los dirigentes con reconocida visión de largo plazo, más allá de sus siglas, que se han visto obligados en la última década a doblar la rodilla ante ‘líderes’ mediocres que han permanecido en sus cargos gracias a la corrupción sistémica de la que ahora empezamos a ser verdaderamente conscientes. También aquí, en nuestro ámbito más cercano, el lector recordará algún nacionalista vasco de reconocida valía y sentido incluyente de país, obligado a arrojar la toalla ante el dogmatismo circunstancial de quienes, en su larga vida laboral, solo han sido capaces de acumular trienios en la cosa pública y que hace tiempo borraron de su mente la posibilidad de conocer la (mucha) vida que existe más allá de la política. Incluso los nuevos partidos han tardado poco en envejecer en este terreno, puesto que tanto Ciudadanos como Podemos han desempolvado y revalorizado la máxima que Alfonso Guerra patentó en los años 80, según la que quien se moviera no salía en la foto.

En opinión de la ciudadanía, la política y los políticos son uno de los principales problemas de España, solo superado por el paro y los problemas de índole económica, la corrupción y el fraude. Con ligeras variaciones y cambios de posición, esta realidad permanece invariable en los últimos años, según los barómetros que periódicamente publica el Centro de Investigaciones Sociológicas.

Es imposible explicar esa brecha entre representantes y representados mediante una única razón, las causas de la desafección política son muchas y muy variadas. Pero sin duda, una de ellas es la mediocridad, la impericia, la descualificación o la falta de virtud de la clase política. Hay muchos autores que han escrito al respecto, pero no hace falta ser ningún experto en la materia como para saber o, al menos, intuir lo que ocurre a nivel general en los partidos políticos.

La burocracia interna, la profesionalización de sus estructuras y el respeto a la cadena de mando como forma de lealtad más apreciada, no fomentan el talento, la preparación y el liderazgo natural. Más bien al contrario, en apariencia, ser sumiso y/o mediocre, engorda las posibilidades de mantenerse e incluso prosperar en la organización. Y, en pura lógica, estas dinámicas cerradas hacen crecer la mediocridad de las organizaciones que las practican.

Los partidos políticos son organizaciones privadas que se financian con fondos públicos por encima del 80%, como ha vuelto a poner sobre la mesa el Tribunal de Cuentas esta misma semana. Y no discuto que la financiación más importante de los partidos haya de ser pública, habida cuenta del papel capital que les reconoce nuestra Constitución en el sistema democrático. Pero, a pesar de manejar este volumen de dinero procedente de nuestros bolsillos, los partidos no se atienen a las obligaciones de transparencia y dación de cuentas que ha de cumplir cualquier organismo público. En este sentido, en España cualquier ciudadano tiene más derechos ante la Administración que los derechos que tiene un afiliado ante su propio partido.

Más allá aún, los partidos tampoco se rigen por las normas que han de seguir el común de las organizaciones privadas, como por ejemplo las empresas. Es impensable que una empresa tenga opciones de supervivencia en la realidad actual, si pretende pervivir con resultados sostenidamente mediocres, si se mira demasiado a sí misma y se aísla de la sociedad en la que habita, si se dedica a mermar sus opciones innovadoras y de futuro centrifugando talento (joven) y si su plan es seguir ofreciendo lo mismo.

Después de todo lo que hemos vivido en el país, particularmente desde el shock que supuso el 15-M, me parece increíble que el sistema de partidos no haya sufrido aún ni la más mínima reforma. Y me parece impresentable que todavía haya políticos, algunos con altas responsabilidades, capaces de defender que el sistema funciona.

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