Cataluña y el 'seny' perdido

La sociedad catalana se dirige ahora sin control a un abismo de consecuencias irreparables en el terreno de la convivencia y con fracturas evidentes de ciudadanía

JESÚS PRIETO MENDAZA

No, no conozco demasiados procesos secesionistas en los que la separación haya sido de mutuo acuerdo. La excepción de la antigua Checoslovaquia, el llamado 'divorcio de terciopelo', marcada por la dimisión del carismático presidente federal Vaclav Havel y llevada con un secretismo excepcional bajo la tutela de oscuros personajes como el checo del ODS Vaclav Klaus y el nacionalista eslovaco Vladimir Meciar del HZDS, no hace sino confirmar la norma de otros procesos de separación marcados por la violencia como los ocurridos en la antigua Yugoslavia, en Ukrania o en Kosovo. En este sentido los impulsores del llamado 'procés' en Cataluña han confeccionado una imagen idílica que puede estar bien como ejemplo de marketing político pero dista bastante, en mi opinión, de la realidad que se observa en el seno de la sociedad catalana desde hace varios años. Los acontecimientos vividos esta semana, los peligrosos indicadores que se nos manifiestan cada día no parecen presagiar lo mejor y se diría que la sociedad catalana se debate en este momento entre su tradicional 'seny' (sensatez) y una imprevista, pero aparentemente arrolladora, 'rauxa' (pasión, rabia, arrebato).

En 1999, después de violentos incidentes causados por jóvenes antisistema en Barcelona, se habló mucho de las relaciones entre jóvenes de Jarrai y grupos independentistas catalanes. El propio president Jordi Pujol afirmó que cualquier similitud entre la violencia ejercida por los aprendices de Herri Batasuna, en aquellos años bajo las siglas de Euskal Herritarrok, y jóvenes catalanes, de existir, era muy minoritaria. Hoy, casi veinte años después, resulta preocupante observar cómo el independentismo catalán, fundamentalmente los antisistema de la CUP, pero no sólo, están llevando a cabo acciones que en su ética y en su estética se asemejan mucho a lo que en tierra vasca hemos vivido durante décadas de la mano de los antepasados de la actual Ernai. La característica estética de tribu urbana de los chicos y chicas 'indepes', sus consignas contra las 'fuerzas de ocupación' en referencia a policías, guardias civiles y ejército; los insultos a políticos, escritores, artistas e intelectuales presuntos 'botiflers' por traidores a la patria; las pintadas en comercios de familiares de políticos no nacionalistas; el recibimiento como 'apóstoles de la paz' hacia líderes abertzales exmilitantes terroristas, como Arnaldo Otegi; la ocupación dominante de la calle y de los espacios públicos por su espectro ideológico relegando al resto al espacio doméstico; la coacción en espacios educativos y laborales; el señalamiento en pintadas y pasquines; una eficaz violencia de persecución y finalmente el temor a la 'muerte social', pues como suele decir un amigo y víctima de ETA (su padre, farmacéutico, fue amenazado, hostigado y asesinado por la banda terrorista) «…casi es mejor que te maten a que no te dejen vivir».

Y es que en Cataluña se pueden percibir pinceladas de una forma de actuar que en el País Vasco fue generadora de unos de los periodos más negros de nuestra historia reciente. Así se dibuja una sociedad de 'auténticos catalanes' para arrojar sobre la otra mitad de su población la acusación de ser 'españolistas'. De esta forma quienes no son favorables al referéndum son claramente portadores de unos símbolos que les estigmatizan, mientras que los agresores presentan unos indudables símbolos de prestigio que pueden ostentar con orgullo. En este sentido, tal y como nos recuerda Claudio Magris, la llamada irresponsable de ciertos políticos a unos sentimientos identitarios 'calientes' (nacionales) opuestos a posibles sentimientos identitarios múltiples (ciudadanos), es una temeridad, pues estos 'sentimientos fríos' son fundamentales, desde la ciudadanía, para responder sobre la solidaridad, sobre la normativización de la vida social, sobre los derechos de todos por encima de orígenes o ideologías. Euskadi ha sido ejemplo práctico, laboratorio quizás, de una ideología totalitaria que hizo de la humillación, del hostigamiento del diferente, de la división de la sociedad en semi-vascos y vascos auténticos su perversa cotidianidad y esos mismos errores se comienzan a observar en una sociedad catalana cada día más dependiente del 'rodillo secesionista' en la que se está construyendo lo que Martín Alonso en su excelente obra 'Universales del odio' denomina la construcción de la «otredad negativa», y así una sociedad de trincheras y fracturas conseguida mediante la «cauterización de la conciencia ética». Ejemplo paradigmático de esta anestesia ética puede ser la respuesta del ex-etarra Kandido Azpiazu en una entrevista: «-yo he matado por responsabilidad ante el Pueblo Vasco, que es magnífico, que tiene una magnífica cultura, habla una de las lenguas más antiguas de Europa, que nunca fue vencido por romanos, ni visigodos ni árabes. Un pueblo muy distinto al de los españoles».

Cataluña, durante tantos años gobernada por un partido (un partido de 'orden') pragmático y posibilista se dirige ahora sin control hacia un abismo de consecuencias irreparables en el terreno de la convivencia y con fracturas de ciudadanía que se me antojan evidentes.

El 'seny' o la 'rauxa'…¿quién se impondrá finalmente?

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