Cataluña irreconocible

La movilización continua del independentismo, aun siendo multitudinaria, no#es un argumento irrebatible cuando#la farsa se ha apoderado de la secesión

Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

El más que evidente auge del independentismo en Cataluña no puede ocultar que la farsa se ha apoderado de él. La movilización continua de los partidarios de una república propia, aun siendo multitudinaria, tampoco es un argumento irrebatible cuando con ella se soslayan procedimientos de imposible encaje democrático. Al principio fue el soberanismo; la aspiración a poder decidir en una votación qué tipo de relación desearían mantener los catalanes con el resto de los españoles o con el resto de los europeos. Luego vino la abierta exaltación de la independencia, explicada unas veces como deseo de libertad, otras como salida a la inaguantable opresión por parte del Estado, y también como horizonte ineludible para una España fracasada. ‘Volem votar’ sería la consigna con la que la secesión volvería a reivindicarse ingenuamente democrática; natural en su inocencia. Aunque en realidad el independentismo ya ha evolucionado a otra fase, en la que su quimera no estaría legitimada por la existencia de una corriente de opinión creciente a favor de la desconexión, sino que se vería justificada precisamente porque el Estado constitucional no deja otra salida.

La farsa que se ha apoderado del independentismo presenta vertientes burdas o desabridas, como cuando tantas personas que no se han bajado de la peana del poder nunca aparecen liderando encorbatados y permanentemente reunidos en palacio una suerte de rebelión que les convertiría en héroes en tanto que víctimas. Sacrificándose ante la Fiscalía y los tribunales esas personas estarían relatando toda una epopeya que choca con los modos con que se conducen las cosas en la estabilidad de los países europeos. Simulan estar en el puente de mando y simulan poseer todos los secretos de la singladura que espera a los catalanes, cuando en realidad hoy sábado nadie sabe qué va a ocurrir mañana domingo. Y mucho menos hacia dónde van a conducir los acontecimientos en los próximos días.

La naturaleza reactiva del independentismo se vuelve alienante cuando ya no importa qué significa un estado propio, qué consecuencias tendría para los ciudadanos el tránsito hacia la república catalana, si es realmente viable o si daría lugar a una entidad fracasada antes de nacer. La centrifugadora del ‘procés’ se ha desembarazado de todo espíritu crítico, de modo que ha quedado desterrada cualquier posibilidad de rectificación por propia iniciativa. La esperanza de que el 1 de octubre le pase factura a Mariano Rajoy minimiza toda preocupación en el lado de la euforia independentista. Sus portavoces se turnan en el uso de la palabra contradiciéndose hasta en la ambigüedad. Siempre tratando de conciliar una apariencia de normalidad institucional con el anuncio de un cambio trascendente y drástico.

El independentismo inaugura cada día nuevos elementos para su imaginario, incluidas las nuevas urnas. Hasta el punto de que resulta difícil identificarlos con alguna tradición. El referéndum convocado para mañana va mutando de sentido a cada hora. Tanto que el reduccionismo de la pregunta formulada se traslada también al universo electoral. Como el Estado constitucional impide la celebración de una consulta que no va con todas las de la ley, serán los más audaces, los que pongan urnas y voten, quienes decidirán en nombre de todos los catalanes. Cuantos menos vayan a votar a un colegio que se adivina ambulante y a una mesa que solo un milagro mantendrá dispuesta electoralmente más claro será el triunfo independentista. La farsa es tan dominante que ni siquiera se ve. El autoengaño pasa desapercibido entre tanto uniforme policial y tanto dispositivo de seguridad, y tanta directriz de mínimos legales. Mañana los catalanes se verán a sí mismos en las televisiones, se oirán en las radios y se leerán en los medios escritos. El 1 de octubre será un sonoro espejo en el que muchos ciudadanos no podrán reconocerse o se descubrirán transformados en algo que no eran la víspera. La jornada resultará tan densa que nadie, hasta muy última hora, se pondrá a pensar en el día después. En la farsa que pueda seguir a la farsa.

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