Cataluña no se explicó bien

Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

Voy a insistir, lo siento, en la existencia de un conflicto político en Cataluña que no se solucionará por vías policiales, penales o judiciales. El independentismo catalán ya es estructural. Es imposible que se desvanezcan dos millones de personas sin una oferta política real y concreta, aunque trasladen sus sedes sociales todas las empresas catalanas. Es iluso a estas alturas considerar como solución una hipotética reforma constitucional promovida por PP, C’s y PSOE. El bloque independentista puede fracturarse pero no es esperable que ni los más moderados o los más federalistas acepten una solución en la que no quepa algún tipo de referéndum legal y pactado. Bajo estas condiciones, los resultados de unas hipotéticas nuevas elecciones nos llevarían a una nueva mayoría independentista. Después de todas las medidas policiales, judiciales y políticas en contra del autogobierno, el Gobierno español se volvería a encontrar con el mismo problema que no es capaz de encarar desde por lo menos cinco años. Y esto sería así con unas elecciones convocadas desde la Generalitat. Imaginemos unas elecciones catalanas convocadas por el Ejecutivo de Rajoy tras la aplicación del 155 con el respaldo de PSOE y C’s. En ese escenario lo más probable sería el boicot de los partidos soberanistas. El resultado sería crear un gobierno para la mitad de Cataluña. Algo que incluso el president Puigdemont está intentando evitar retrasando la declaración unilateral de independencia siendo consciente de que el referéndum del 1-O, más allá de su falta de garantías, no representaba la pluralidad y complejidad de la sociedad catalana. Todas las medidas que se están tomando, incluido el encarcelamiento de los líderes de ANC y Òmniun, tienen en común que parece importar muy poco la convivencia en Cataluña y los valores democráticos más allá del cumplimiento de la ley.

Las críticas que recibió el discurso del Rey en Cataluña o Euskadi no coincidieron con su recepción en el resto de España. Esa posición dura y cerrada al diálogo podía parecer a primera vista que solo reflejaba las preferencias del PP y C’s, pero la realidad es que fue bien recibido por la mayoría de españoles. Las encuestas apuntan a un trasvase de votos del Partido Socialista a Ciudadanos en el último mes. Un mes en el que el PSOE apostaba por el diálogo, por la bilateralidad entre Puigdemont y Rajoy, señalando a Soraya Sáenz de Santamaría como culpable de la represión del 1-O y asegurando que nunca respaldaría la aplicación del 155. La entrada de la dimensión territorial en el debate público de todos los rincones de España ha impedido a Pedro Sánchez mantener esa posición.

La realidad es que los votantes mayores de 60 años del PSOE que viven fuera de Cataluña (su base social más amplia) tienen un discurso sobre la unidad de España más parecido al del PP y el Rey que el que propone Podemos, por ejemplo. No ha sido la vieja guardia del PSOE o los barones los que han hecho cambiar de posición a Pedro Sánchez, ha sido la realidad demoscópica de las preferencias de sus votantes que tampoco quieren una solución política para Cataluña. A Podemos le ocurre lo mismo, aunque en menor medida por la juventud de sus votantes. Por eso dentro de Podemos también se escuchan voces pidiendo abandonar la equidistancia y la ambigüedad ante el desafío independentista. Igual puede ser electoralmente rentable a corto plazo, pero sería renunciar definitivamente a la construcción de un Estado diferente en el que se persiga el consentimiento, y no solo el cumplimiento de la ley, de todos los ciudadanos, incluidos catalanes y vascos.

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