Casting de sofá

Es importante que el acoso sexual salte a los titulares de los medios, se publicite, se juzgue, influya y acabe calando en la educación social

Enrique Portocarrero
ENRIQUE PORTOCARRERO

El ‘casting couch’ o cásting en el sofá siempre fue una práctica no general, pero abominable en el cine, en el teatro, en el mundo del espectáculo o incluso en las pasarelas y en la publicidad. Favores sexuales a cambio de un papel o un empleo. Dicho de otra manera, puros y repugnantes acosos sexuales como los del productor Harvey Weinstein. La primera pregunta es la de por qué estos casos no se han denunciado antes. ¿Por qué Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow y Cara Delevinge cuentan ahora y no antes los acosos que sufrieron? ¿Por qué Joan Collins tardó tanto en denunciar que su negativa al favor sexual le hizo perder su papel en ‘Cleopatra’?

La respuesta no es difícil, porque el acoso sexual en estos casos es consustancial al abuso de poder y a la situación de necesidad del débil, con lo cual lo verdaderamente importante es que el tema salte a los titulares de los medios, se publicite, se juzgue, influya y acabe calando en la educación social, al margen del tiempo transcurrido desde que se produjo. Otra cosa es que el asunto se confunda y se mezcle con otros problemas del mundo del cine, como la desigualdad de género en los repartos, en los guiones y en la dirección o con el debate sobre los estereotipos sexistas en las películas. La igualdad de género en el cine es un objetivo deseable, pero el talento debe estar por encima de las cuotas obligatorias. Y la exageración sin guion en los estereotipos sexistas es tan reprobable, sí, como un cásting con propuesta obligatoria de sofá.

Arte

Fiasco inexplicable

En el mercado del arte siempre hay acontecimientos que no tienen una explicación razonable. Uno de ellos ocurrió la semana pasada en la subasta de arte contemporáneo celebrada en Christie’s Londres. Era la hora de la verdad para un cuadro fundamental de Francis Bacon, ‘Estudio del Papa Rojo 1962. Segunda Versión 1971’, cuyo interés estaba tanto en el hecho de que incluía dos inspiraciones fundamentales del artista irlandés -su amante George Dyer y el papa Inocencio X- como también en que se trataba de una obra que había permanecido en una colección privada los últimos 45 años. La previsión de lograr un nuevo récord se vio acrecentada por la coincidencia con la Frieze Art Fair, el certamen londinense que reúne a los grandes del mercado del arte. El precio mínimo de remate se estableció en 60 millones de libras, pero en la puja no se superaron los 58 millones, con lo cual su venta quedó desierta.

Hay quien dice que Christie’s patinó al valorar el cuadro en un precio mínimo tan alto. Otros consideran que la subasta fue una maniobra para generar expectación y vender después el cuadro a un precio mayor. El récord de Bacon se alcanzó en 2013 cuando se remató por 142,4 millones de dólares el tríptico ‘Tres estudios de Lucian Freud’. ¿Es posible que esta venta fallida anticipe una caída general en los precios o al menos en las cotizaciones de Bacon? Seguramente no, pero la explicación del fiasco todavía es una incógnita.

Museos

Buen gobierno

Que se controle y se analice la transparencia y el buen gobierno de los museos es un logro considerable, cuya exigencia deriva tanto de su condición de beneficiarios del dinero público como también por tener encomendada una tarea pública sobre la que deben rendirse cuentas. Algo de todo esto persigue la Fundación Compromiso y Transparencia en un informe anual que evalúa estas cuestiones en los museos de bellas artes y arte contemporáneo. En el del año 2016 se concluye que los museos Artium, Guggenheim y Lázaro Galdiano encabezan el ránking de transparencia, lo cual quiere decir que tanto en sus memorias como en su portal de internet son los centros que más informan sobre sus objetivos, sus políticas y sus resultados.

Por supuesto el informe supone un indudable reconocimiento a los dos museos vascos, aunque en el mundo museístico y en la cultura pública todavía queda mucho camino para llegar a la excelencia. Sin ir más lejos, el propio informe termina con una serie de recomendaciones generales, algunas de las cuales son perfectamente aplicables al Guggenheim y al Artium. Me refiero, por ejemplo, a la necesidad de fortalecer los órganos de gobierno y al desarrollo de políticas sobre la gestión de la colección. Lo primero es aplicable al Guggenheim, por lo menos en lo que se refiere a un mayor poder de decisión de los patronos privados que ayude a reforzar su gobierno. Y lo segundo viene muy a cuento de la extensa colección del museo alavés.

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