Castigos físicos

Se quitaba el reloj con correa extensible y al segundo te sacudía un puñetazo en la barbillao un bofetón que te hacía tambalear

Castigos físicos
Juan Bas
JUAN BAS

Vi ayer de nuevo ‘Los 400 golpes’ (1959), la ópera prima de Truffaut y tal vez su obra maestra. Esta vez me pareció aún mejor; quizá me hacía falta contemplarla desde mi edad actual para poder apreciar a fondo la sencilla desolación de la historia de ese chaval al que le han hurtado el afecto y apenas educan, y sobre todo la sugerencia de ese poderoso final en que Antoine Doinel llega corriendo, huido del reformatorio, a la playa invernal desierta y al mar, y su mirada a la cámara se congela en un interrogante, que él se hace y nos hace, sobre si acaba de asomarse a la libertad o a la pendiente de demolición personal por la que va a descender toda su vida.

En ‘Los 400 golpes’ hay pocos castigos físicos: algunas bofetadas. Lo ominoso del entorno de Doinel va por otro derrotero más sutil y helado, probablemente peor. Sin embargo, creo que me influyó para volver a ver la película lo que me contó mi amigo Rafa, tendero ilustrado, que al igual que yo sufrió la dureza del colegio de los maristas en los últimos años del franquismo, cuando aquellos curas practicaban con nosotros de modo sistemático el terrible principio de que la letra con sangre entra.

Rafa me refirió que un antiguo compañero nuestro, médico, le había contado que asistió en el hospital al ocaso del profesor seglar que más terror produjo y más leña repartió a varias generaciones de alumnos de los maristas. Evitaré su nombre y conocido apodo o diminutivo porque aquel cruel hombrecillo no merece ser recordado, pero su identidad será reconocida al momento por todos los que lo padecieron y lean esta columna. El médico dijo que tuvo que reafirmarse en su juramento hipocrático para hacer todo lo posible por salvar a aquel anciano que tan mal se lo hizo pasar y tantos golpes le propinó.

Lo recuerdo como si lo estuviera viendo: pequeño, cetrino, calvo, con gafas ahumadas y una voz ronca y pavorosa. Corría la leyenda, que puede que no lo fuera, de que había sido policía de la Brigada Político Social, la Gestapo de Franco. Verdad es que su técnica de reparto era propia de madero: en un segundo se quitaba el reloj con correa extensible y al segundo siguiente te había sacudido con la izquierda un puñetazo en la barbilla o un bofetón que te hacía tambalear. Cuando nos daban las notas, a su hijo le metía una paliza delante de la clase.

Aquel tipo era el peor de la colección, pero la mayoría de curas y seglares del colegio utilizaban el castigo físico con asiduidad, tanto por mal comportamiento como por tener, por ejemplo, más de cinco faltas de ortografía en un dictado. Hoy se da el importante problema de que los profesores han perdido autoridad y maneras de imponerla a sus alumnos. Es algo grave y a remediar, pero desde luego nunca más con aquella brutalidad física que por fortuna pertenece al pasado.

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