Casarse por el Athletic

Es lo contrario a casarse de penalti, o sea por obligación. La pareja que ve el fútbol unida permanece unida

Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Hay gente que contrae matrimonio por lo civil; gente que lo hace por el rito budista o el balinés o el zulú; gente que se casa por la Iglesia y gente que se casa por el Athletic. Pienso en Jonathan Aguado, el joven baracaldés que ha sido noticia estos días por hacer el paseíllo nupcial con su novia a los sones del himno rojiblanco. El acontecimiento tuvo lugar en Mallorca y me parece esperanzador porque el fútbol es una de las grandes causas actuales de divorcio. Los estudios que se han hecho a escala mundial sobre este espinoso asunto son espeluznantes. En una encuesta, el 73% de los entrevistados confiesa que, entre el sexo y un partido, prefiere lo segundo. En el mismo sondeo, el 85% de los hombres reconoce que, si su equipo pierde, buscaría consuelo antes en sus amantes que en sus parejas. Para colmo, un 62% admite que, si, por el contrario, gana, también preferiría celebrarlo en una cama que no sea la de casa. En cuanto a las mujeres, tampoco se quedan cortas. Un sitio de citas online llamado ‘Second Love’ informa de que el tráfico de casadas a la busca de aventuras crece espectacularmente durante los horarios en los que hay partidos importantes y sus maridos están repantigados ante un televisor cerveza en mano. Según Gleeden.com, otro portal especializado en adulterios, el 61% de las mujeres infieles aprovechó el pasado Mundial de fútbol para dar rienda suelta a sus pasiones extraconyugales.

En este alarmante contexto, hay que celebrar que Euskadi sea diferente y entender como un signo de buen augurio que una pareja vasca, como la de los señores de Aguado, decida de mutuo acuerdo acercarse al altar al ritmo de esa sugerente melodía futbolística que no ve en el balón un enemigo del matrimonio. Y es que la letra del himno del club bilbaíno habla del «tronco del viejo roble que ha hecho germinar la hoja nueva», es decir que asocia directamente el nombre del Athletic al ejercicio de la procreación a través de esa metáfora de la germinación botánica. Dicho de otra modo, «que lo que Dios ha unido no lo separe Markel Susaeta».

Yo creo que casarse por el Athletic es algo más serio de lo que parece. Es la promesa que hacen dos seres de que van a compartir una afición que a otras parejas las separa. Es la promesa de que el fútbol no será para él una obsesión solipsista, un placer onanista, una práctica machista, sino algo románticamente, hogareñamente, amorosamente compartido. Es el juramento solemne de que ambos irán de la mano a San Mamés (no sólo él con los amigotes) o de que ella no tendrá que fregar y ocuparse de los niños mientras su león devora latas de cerveza en el sofá familiar frente a la tele. Casarse por el Athletic es lo contrario a casarse de penalti, o sea por obligación. La pareja que ve el fútbol unida permanece unida.

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