el carrito del ‘helao’

ÁNGEL RESA

El Viejo -vaya por delante el respeto- tiene más conchas en la blusa que un galápago de las célebres islas, pero parando tiros no lo conoce nadie. El ‘alma pater’ de Belakiak se alineó el lunes como portero para el futbolín humano que organizaba su cuadrilla en la plaza de la Provincia, a las puertas mismas de la foralidad. Pero en una de estas jugadas aisladas que proporciona el ‘fúrbol’ emuló perfectamente a Don Tancredo. Vamos, que ni un meneíto de cadera para evitar el tanto rival. Un gol que se cantó con alborozo ante la pétrea mirada de Mateo Benigno de Moraza, quieto en su pedestal, ignoro si en condición de presidente sobre el palco o árbitro inmóvil. Los blusas que llevan a gala su calificativo de esponjas al traducir del euskera su denominación entretuvieron al personal delante del Palacio. Tal vez la UEFA no hubiera homologado los pendientes en las orejas, el hecho de actuar con txapela por lo difícil que resulta cabecear balones aéreos o las gafas de patillas plastificadas en tono verde fosforito. Pero bueno, hubo ocasiones y puntería. Juego, set (6-3) y partido para el equipo naranja. Y no hablo de Ciudadanos, que la política se aparca mientras reina La Blanca.

El calendario ha resultado este año tan benigno como el segundo nombre del firme defensor de los fueros vascos. Lo digo porque el chupinazo cayó en viernes, la festividad grande de la patrona fue sábado y el domingo llegó de propina. Así que supuse, erróneamente por cuanto vi al mediodía, que el lunes caería el ambiente a plomo como muestra la línea descendente de la Bolsa en jornadas teñidas de negro. Pero queda entendido que el ciclo agosteño de la capital alavesa se muestra variado y apto para todos los públicos, sin necesidad de atender aquellas calificaciones eclesiásticas con aroma a alcanfor sobre la moralidad de las películas. Muestra de abanicos superpuestos, uno que enseña todo un repertorio diverso de actividades y otro que no repara en edades. Mientras ‘Ojo Biriqui’ -nada, incapaz de superar el miedo ancestral que me genera- repartía estopa a diestro y siniestro tras la bajada del Celedón y la Neska txikis en la plaza de España, el kiosco de La Florida congregaba a miembros de la tercera edad que franquean el portón de la cuarta. Hay cierta inquietud generada por otras miradas pétreas, en este caso las de los Reyes Godos, cuya lista provocaba migrañas en los tiempos estudiantiles. Me llegan dos fotos al móvil. La aldea de Okina reclama protagonismo en el deporte rural de Los Fueros.

Tras una batida al circuito diurno toca examinar el vespertino que se asoma a la noche sin adentrarse en ella. Que ni el DNI ni los estómagos están para centrifugados. Camino del ferial de Mendizabala casi no doy crédito a lo que veo. Dieciséis grados a media hora del primer bramido pirotécnico, y a escasos metros de la estatua de Fray Francisco, me pilla por sorpresa el carrito del ‘helao’. Como suena, una furgoneta de La Vitoriana para vender cucuruchos con menos actividad que un comercial de polvorones en el desierto del Gobi o de cubitos gélidos en la Antártida.

La vida es una sucesión ininterrumpida de contrastes. En ese mismo momento pita el teléfono, abro el mensaje y miro la imagen congelada del mapa del tiempo en La 1. Sobre la imperial ciudad de Toledo han rotulado 71 grados de temperatura máxima. Y rezo porque el realizador haya transformado los grados Celsius en Fahrenheit. Pobre gente. Y aquí, provistos de paraguas plegables y la auténtica vestimenta del estío vitoriano: el jerseycito. Entónese con el ritmo monocorde de Georgie Dann y ya tienen canción del verano. Cómo será la cosa, que la última cuadrilla de blusas adherida a La Blanca se rinde al clima de la capital alavesa: Siberiarrak.

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