Cansancio general

La Generalitat puede acabar agotandolas energías que le restan a la sociedad catalana y la paciencia de la España más tolerante y de la Europa menos jacobina

Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

La insistente presunción de que, a estas alturas, el único punto de encuentro posible en Cataluña es la convocatoria de elecciones autonómicas podría empujar los acontecimientos hacia una liza que se presentaría definitiva; una prueba de fuerza en la que los contendientes se lo jugarían todo en buena ley. Tal perspectiva representa un alivio, dado que reconduciría a los actores de un conflicto creciente a tratar de activar a los propios sin, por ello, ahuyentar adhesiones circunstanciales. En una confrontación electoral convencional, la normalidad democrática se ve un tanto alterada por el encono de la pugna partidista. La posibilidad de que se fije una fecha de elecciones en Cataluña, acordada mediante pacto expreso o implícito, representaría por el contrario una ventana de oportunidad para distender una situación a punto de reventar.

En Cataluña solo los aventados están disfrutando con lo que pasa. Todos los demás saben, aunque eviten expresarlo así, que o se frena la espiral o el país de los catalanes se va al traste. Resulta conmovedor contemplar a prebostes históricos de la peana autonómica -empezando por Artur Mas- proclamar ante las cámaras, corbata en ristre, el todo o nada del enfrentamiento ‘con Madrid’. Argumentar, como ayer lo hizo Mas, que el Estado no sabe de qué manera salir del lío en que se ha metido al anunciar de víspera la aplicación del 155. Supongamos que sea verdad. Es lógico pensar que el Gobierno de Rajoy se vea en la obligación de aplicarse a fondo en el asunto sin tener una idea clara de cómo salir de él. Pero lo que resulta verdaderamente inquietante es que el independentismo con corbata se permita acomodarse en el palco correspondiente con el ánimo de contemplar las dificultades del Estado constitucional para hacerse valer, de modo que así pasan por alto que quienes realmente no saben escurrirse de la zapatiesta que vienen montando son los independentistas de salón.

Unas elecciones requieren candidaturas que no tendrán miramientos en enfrentarse a aquellos que hasta la víspera de la campaña presuman de ser aliados suyos. Lo previsible de unos comicios por adelantado en Cataluña es que rebajen la tensión existente entre el independentismo y el unionismo y, por el contrario, se exacerbe la disputa electoral en cada uno de los campos; de manera más novedosa en el campo del secesionismo, que ha tratado de preservar con muchísimo esfuerzo la comunión identitaria. En una democracia representativa, el derecho a decidir se sustancia en la elección de las/los integrantes de la Cámara legislativa. En este caso resulta paradójico que mientras se sublima la variante plebiscitaria de un sistema de libertades, a sus valedores no les quede otro remedio que renegar de la legalidad vigente volviendo a ella por la vía de unos comicios autonómicos.

Claro que no es igual la convocatoria de nuevas elecciones mediante una disolución del Parlament vía el 155 de la Constitución que la aceptación del agotamiento de la legislatura por parte de Puigdemont antes de que el Senado apruebe la intervención de la autonomía catalana. No es igual que se convoquen elecciones pensando en la renovación de la Cámara estatutaria, aunque sea con un ánimo plebiscitario que siempre dependerá de las candidaturas que finalmente se presenten, a que la Generalitat anuncie la apertura de una campaña electoral orientada a la conformación del Parlamento constituyente de la república propia. Pero el independentismo no debería esconder sus propias contradicciones tras un enésimo juego de palabras que, pretendiendo confundir al ‘adversario’ acabe engañando a los más entusiastas de la secesión. Se ha demostrado que tal cosa no sirve más que para cansar al público en general; también al público más receptivo a la idea de que Cataluña tiene que desconectar del resto de España.

El independentismo gobernante ha de ser consciente de que a base de sortear el más que evidente agotamiento de la legislatura, que se inició pasando las riendas del poder de Mas a Puigdemont por exigencia de la CUP, y todo para nada, puede acabar agotando las energías que le restan a la sociedad catalana y la paciencia de la España más tolerante y de la Europa menos jacobina.

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