Al calor de la tribu

JOSÉ MARÍA ROMERA

Por muy internacionalista que sea el alma del observador, a veces no puede por menos de sentir cierta prudencial comprensión hacia las crecientes manifestaciones de particularismo cultural, político, social o educativo que sorprendentemente asoman en pleno siglo XXI, cuando las aguas de la historia parecían discurrir en la dirección opuesta. No es posible atribuir una sola causa a esta «nueva oleada de tribalismo», como la ha descrito Zygmunt Bauman en su libro póstumo 'Retrotopía' (Paidós, 2017). Para el sociólogo polaco son fenómenos inscritos en una corriente general en la que influyen múltiples factores y que se manifiesta de maneras variadas, pero siempre con el elemento común de la mirada hacia el pasado. La acuñación 'retrotopía' pretende evocar el tirón de las utopías, en sentido inverso: mientras que la utopía dibuja un futuro idílico en el que proyectar las ansias colectivas, la retrotopía vendría a ser un horizonte de similares características, pero descrito en el pasado. Abandonada la fe en las grandes utopías, pervive sin embargo el anhelo de un ideal que cambia de dirección y ahora se propone resucitar el pasado.

Por regla general se tiende a interpretar el tribalismo como un fenómeno de repliegue en el cobijo familiar, una búsqueda de protección ante la complejidad de un mundo repleto de desafíos. El temor a lo desconocido, la amenaza de lo incierto, el vértigo causado por la visión de la inmensidad explican que el sujeto adopte una postura encogida que le asegura no solo la tranquilidad sino también un cierto confort sentimental y una afirmación en lo propio de gran semejanza con la certeza intelectual. Según Bauman, asistimos a un resurgimiento de la emocionalidad tras su largo exilio en el siglo XX, y el tribalismo es una de sus más notorias manifestaciones. La resurrección de la mentalidad tribal, sostiene, se parece mucho a «una respuesta pública más o menos espontánea a las tan trascendentales como incoherentes transformaciones de las condiciones existenciales de hoy en día».

«Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos» Jorge Luis Borges

De un modo u otro, la política se ha entregado gustosa a esas zambullidas en la memoria colectiva, entre otras cosas porque esta constituye un lugar «inmensamente más susceptible de manipulación y gestión» y en consecuencia «más prometedor para materializar en nuestro tiempo presente (y en el que está por venir) aquella gozosa omnipotencia perdida (tal vez ya sin remedio) hace tiempo». Y así, donde se creía que los poderes intermedios de raíz tribal estaban condenados a la caducidad histórica, resulta que proliferan cada vez más las tendencias a configurar políticas y espacios de convivencia de carácter local. Pero no es solo esa hospitalidad acogedora lo que hace atractivo el retorno al pequeño grupo. Como dice el filósofo Manuel Cruz, «el pasado ha perdido capacidad de interpelación», ya no nos ofrece respuestas reales sino en el mejor de los casos unas explicaciones atractivas pero de difícil encaje en la realidad. Y sin embargo funciona. ¿La fuerza del mito? ¿La irrupción de una nueva irracionalidad que se abastece de los materiales de la memoria, siempre dóciles y dispuestos a satisfacer nuestras expectativas? Más allá de la ilusión nostálgica -que por sí sola no entrañaría riesgo alguno, pues suele contentarse con ver cubiertas gracias a la tribu sus necesidades afectivas o estéticas-, lo que sostiene al tribalismo es la división entre «nosotros» y «ellos». Uno se identifica con el grupo no tanto por adhesión a sus requisitos como por oposición al impreciso bando de los otros. Más que afirmarnos en unos signos identitarios, nos definimos por aquello que nos hace enemigos del diferente. Lo supo ver Samuel Huntington cuando aseguraba que «sabemos quiénes somos solo cuando sabemos quiénes no somos, y con frecuencia solo cuando sabemos contra quiénes estamos».

Tras el regocijo en la memoria se oculta, por tanto, la aún más poderosa atracción por las divisiones, los enfrentamientos y los desencuentros. Una vez estipulada la división entre «nosotros» y «ellos», recuerda Bauman, el principal propósito de los antagonistas deja de ser la atenuación del antagonismo: de lo que se trata a partir de entonces es de adquirir/crear más pruebas si cabe de que tal atenuación es contraria a la razón y está totalmente fuera de lugar». En un territorio poblado por tribus, los bandos en conflicto «se rehúyen y desisten obstinadamente de persuadirse, hacer proselitismo o convertirse el uno al otro». La dimensión «retrotópica» de ese afianzamiento en la discordia viene dada por dos de sus ventajas: una, la de ofrecer relatos coherentes de una paradisiaca sociedad sin extraños; otra, la de legitimar la elaboración de muros y trincheras que deben defenderse en nombre de una supuesta autenticidad. Volviendo a Huntington: «La gente siempre ha tenido la tentación de dividir a las personas entre nosotros y ellos, en el grupo propio y los demás, nuestra civilización y esos bárbaros». Una tentación irresistible a la que solo es posible hacer frente apelando -utópicamente, tal vez- a la práctica constante, disciplinada y terca del diálogo.

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