La calma vasca

Urkullu está tan calmado que ya se pasa. Tiene la sensatez suficiente como para saber que la comedia catalana va a fracasar

Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

El dilatado ritual del órdago nacionalista en Cataluña, que ya dura más de un lustro, ha producido un espectacular efecto sedante en el País Vasco; sobre todo en el PNV, que anda tan calmado últimamente que parece que se ha vuelto budista o hinduista y que hubiera conseguido, a base de imponer clases de yoga en los batzokis, separar el alma del cuerpo físico para fundirse con la divinidad. Digamos que se ha hecho un vacío oteiziano en el cerebro de la política vasca ante el 1-O, un silencio religioso como de cromlech neolítico o de consagración eucarística en la misa dominical. En otros tiempos nada lejanos, un numerito como el que la peña de Puigdemont ha montado la semana pasada con las llamadas leyes del referéndum y de la desconexión, habría tenido un automático 'efecto bafle' en Ajuria Enea, en el Gobierno de Lakua y, por supuesto, en el Parlamento de Vitoria. La foto festiva de la complicidad y el espaldarazo insurreccionales habría sido de obligado trámite. Pienso en la Declaración de Barcelona de julio de 1998, que fue la antesala al Pacto de Lizarra que llegaría al final de aquel mismo verano. Resulta evidente que 'El procés' -o 'La metamorfosi', si se prefiere abundar en la referencia kafkiana- no ha tenido una respuesta recíproca a aquélla en el actual PNV. El famoso 'minituit' de Urkullu, ese escuetísimo 'I love Cat' con el emoticono de un corazoncito para ahorrarse escribir el verbo amoroso, con la abreviatura del nombre de la comunidad para ahorrarse decir Cataluña y con la señera para ahorrarse que le identifiquen con el desafío independentista, lo podría haber firmado cualquier constitucionalista irredento, incluido el propio Rajoy.

La verdad es que Urkullu está tan calmado que ya se pasa. Se está sobreactuando tanto en su prudencia que ese tuit resulta hasta inquietante en su moderación. Yo creo que la explicación está en que tiene la sensatez suficiente como para saber que la comedia catalana va a fracasar, lo cual no es poco en estos tiempos en los que gentes a las que uno les concedía, no una gran integridad democrática pero sí una inteligencia mínima, han demostrado carecer totalmente de ella. Urkullu está hoy vendiendo estabilidad, la que vendía el nacionalismo catalán hasta que Artur Mas dejó de tomarse la medicación convergente y le dio el telele secesionista. Urkullu ha optado momentánea y tácticamente por una vía pragmática de pedir el café sin azúcar, los pasteles sin guinda y la cerveza sin alcohol -o sea la nación sin Estado y la gestión de las pensiones sin la ruptura de la caja única- para que parezca que pide menos y seguir avanzando en lo suyo sin que se note. Urkullu simplemente sabe que para montar el pifostio y romper barajas siempre habrá tiempo mientras se tenga un electorado, que en su caso, como en el de sus homólogos catalanes del pasado, no deja de crecer.

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