Callejón sin salida

La marcha hacia la soberanía catalana no se resuelve solo con impedir el 1-O, hace falta una salida política

Antonio Elorza
ANTONIO ELORZA

La tormenta se iba formando antes de que estallara con el Estatut. Regresaba la imagen de los agravios de España contra Cataluña cuya intensidad entre los intelectuales barceloneses sorprendiera a Pierre Vilar en los años 20. Los síntomas de un victimismo asentado sobre un complejo de superioridad, más una dimensión agresiva, se multiplicaban desde distintos ángulos a título individual con el debate lingüístico en primero pero no único plano. Recuerdo un intercambio de opiniones en Cuatro con Artur Mas, entonces en la oposición, pero que ya se expresaba como si por su boca hablase una persona llamada Cataluña. Más grave era la misma orientación en el exsenador socialista Xavier Rubert de Ventós, frustrado al parecer porque durante su estancia en Madrid se sintió forastero (más bien se sentiría inútil en el Senado). Un juicioso historiador del arte, preocupado en los 80 por la militancia de su hijo en ERC, me comparaba veinte años después con Franco, citando a Maragall, por haber pedido mesura en los ataques a un manifiesto de Savater sobre el idioma y tomar como base un hermoso llamamiento de Salvador Espriu a la fraternidad de las lenguas. Y cerrando el esperpento, cuando desde México envié unos libros al politólogo Joan Antón y redacté la dirección en catalán, su amigo también entonces socialista, hoy soberanista, comentó: «¡Cómo sois los españolistas! ¡Lo que hacéis por disimular!». No me extenderé en el relato de otras grotescas actitudes desde el 12-D, con las soflamas de un embajador de España, mallorquín en tiempos apasionado de los GAL y hoy ganado por el independentismo; o el juicio de un respetable periodista del más respetable de los diarios catalanes, para quien destacar la ausencia de comportamiento democrático por parte de la Generalitat me convertía en un nuevo Janos Kadar pidiendo la entrada de los tanques soviéticos en Budapest.

La política definida por la Generalitat a partir del 12-D responde a esa evolución de la mentalidad catalanista, agudizada por la frustración que causara la reforma del Estatut y también por la inexplicable peripecia de su interminable tramitación en el Tribunal Constitucional entre constantes filtraciones nunca perseguidas por la dirección del mismo. El hallazgo de la estrategia definida tras el 12-D por la Generalitat consistió en ignorar desde un primer momento el marco constitucional, dando por supuesto que la soberanía de Cataluña le pertenecía, y que el Gobierno de España estaba obligado a dar el visto bueno a cuanto Mas decidiera. De otro modo, estaríamos ante una prueba más de la opresión de Madrid y la prioridad debía ser otorgada al cumplimiento de una hoja de ruta cuyo punto de llegada no sería otro que la independencia de Cataluña. Puestos a ejecutar esta tarea, definida explícitamente por Mas como «engañar al Estado», lo esencial era ir salvando los obstáculos legales impuestos por el orden constitucional. Para ello contó con una colaboración especializada de primer orden, la del juez Viver, antes magistrado del Tribunal Constitucional y conocedor, por consiguiente, de todos los recursos imprescindibles para ir sorteando la ley, tanto la Constitución española como el Estatut. En fin, tal propósito se vio además favorecido porque el Gobierno Rajoy nunca creyó, lo mismo que eminentes constitucionalistas, que la broma fuese en serio. Mejor que los independentistas se estrellaran solos.

JOSÉ IBARROLA

Los optimistas no tuvieron en cuenta que el tren de la independencia catalana estaba compuesto por tres vagones con sus respectivos motores y que si el empuje de los dos en principio menores no era atendido lo pagaba el de cabeza en las urnas. Así, Junqueras desbordó al antes hegemónico PdeCat y este, aunque fueran otros los deseos de algunos, se vio forzado hasta hoy a ejecutar una huida hacia delante, favorecida por el dontancredismo de Rajoy. Hicieran lo que hicieran, jugaban solos, con una ventaja sustancial.

No importaba que en tan democrática marcha de un pueblo -en realidad de la minoría de un pueblo- hacia su independencia, faltara justamente eso: democracia. La Constitución era ignorada y por encima de todo eran aplastados, por la Generalitat y sus medios de propaganda, los derechos de los catalanes no independentistas. Surgió así la Cataluña binaria, descrita por Enric Hernández, ejemplo de que quien toma posición activa es literalmente machacado por las llamadas redes sociales. Es algo aún más grave que la sedición puesta en marcha, no por unos partidos, sino por el órgano que gobierna el Principado en virtud de la Constitución y el Estatut.

El mantra es el referéndum, cuando todo un referéndum, y esta ausencia aqueja al 1-O, requiere una gestación democrática, de isegoría, acceso equilibrado a la expresión de todas las opciones. También Hitler, Chaves y Franco hicieron referendos, en la estela de Napoleón III. Pero esto a la Generalitat, y a su mentor jurídico -y tampoco al defensor del pueblo, ‘sindic de greuges’- nada les importa. Todo vale si el fin es santo. De esta cuestión, el Gobierno Rajoy, ni enterarse. Así con un discurso de odio frente a España y de exaltación nacionalista, a JuntsXSí le basta.

Solo que la marcha hacia la soberanía no se resuelve únicamente con impedir el 1-O. Hasta ahora los independentistas no son mayoría, siendo el producto de un proceso de radicalización reciente (eran menos del 20% en 2010), pero hace falta plantear una salida política, no solo un muro. De ahí que la tardía iniciativa conjunta de federalización y respuesta a las demandas catalanas por parte de PSOE y PSC abra un camino a la esperanza. Ni la idea de una nación catalana exenta, ni la de una única nación española negando tal condición a vascos y catalanes responden a la realidad plural ya consolidada. Una solución posible tras un 1-O fallido, sería pasar del ordenamiento actual a una federación asimétrica.

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