Un cadáver exquisito

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

Hay veces en las que uno se muestra hasta dispuesto a firmar declaraciones oficiales a pie de página. Sí, creo que el ciclo de La Blanca recién concluido con el retorno de Celedón a su casa ya no tan nueva y provista de campanario ha sacado, en general, una nota verdaderamente alta. Del balance que ayer hizo el alcalde sólo me aparta ese énfasis triunfalista que embriaga los discursos políticos. Gorka Urtaran definió el cuerpo aún caliente de las fiestas vitorianas como «magnífico» -valga la licencia literaria de un cadáver exquisito- y digo yo que entre eso y la catástrofe media un montón de graduaciones. Participo del orgullo sobre el carácter popular, callejero y variado de un programa notable, llevado en andas por las ganas que aportan autóctonos y visitantes a la hora de calentar el ambiente. Quien no encuentre un motivo para echarse a la calle, salud mediante, a lo largo y ancho de estas dilatadas jornadas tiene razones para hacérselo mirar.

Y qué me dicen de lo cívicos que somos cuando nos ponemos. Bastaron unas cuantas advertencias institucionales sin dar la tabarra sobre el veto al vidrio la tarde del chupinazo para que la atmósfera de la capital alavesa se vistiera de purísima y oro. A eso se le llama obediencia debida o, mejor, conciencia adquirida. Y del previsible mal rollo entre las dos facciones que aglutinan a los blusas apenas se han visto los rescoldos humeantes de aquel fuego. No han llegado los pañuelos al río de la discordia. División de opiniones, kalejiras espaciadas y a lavar los trapos sucios fuera de la vista del personal.

Eso sí, convendría tirar abajo la careta del buenismo imperante con jóvenes que trazan atajos para buscarse la vida. Me refiero a grupos concretos de chavales que hacen del hurto/robo (depende de a cuánto asciende lo sustraído en móviles y carteras) su oficio y, sobre todo, su beneficio. Tipos que se llevan lo ajeno y, de paso, amedrentan a las víctimas en pleno ambiente festivo y al amparo de disculpas injustificables.

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