se busca proyecto ilusionante

Ciudadanos, la gran bestia negra del PNV, se ha convertido en la última esperanza para una parte del electorado cansado de la inacción y las corruptelas del PP, la nada del PSOE de Sánchez y las incoherencias de Podemos

se busca proyecto ilusionante
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Fue el último de los cuatro grandes en aterrizar en nuestro sistema político, aún no se han cumplido cuatro años. PP y PSOE llevaban -llevan- tres décadas y media turnándose en las instituciones. Y Podemos acababa de fundarse como partido al calor de los destrozos de la crisis y la corrupción política.

Fue entonces cuando Albert Rivera convirtió a Ciutadans en Ciudadanos, abandonó la socialdemocracia para abrazar el liberalismo, y dio el salto de Cataluña a la política nacional. Lo hizo con un discurso patriótico y antinacionalista, y el indisimulado apoyo de los grandes poderes económicos y mediáticos del Estado. Y con una misión muy clara que cumplir: ayudar a los partidos del sistema a frenar a los nuevos descamisados de Pablo Iglesias. A impedir que los podemitas tomaran nuestro particular ‘Palacio de Invierno’: La Moncloa.

En aquellos días de depresión colectiva, en los que se llegaron a poner en cuestión decisiones de las que hasta entonces presumíamos -como el pacífico tránsito de la dictadura franquista a la democracia, un evidente éxito pese a sus imperfecciones-, el propio sistema pareció en riesgo. La corrupción y, sobre todo, las consecuencias de las políticas conservadoras contra la crisis situaron contra las cuerdas a los partidos que se habían repartido el poder desde la desaparición de la UCD, aquel centrismo de laboratorio que pilotó la Transición.

Pero el viejo orden, pese a sus evidentes achaques, aguantó en las urnas. PP y PSOE pagaron en 2015 su desgaste en votos y en escaños, es cierto, pero se mantuvieron como las fuerzas más votadas, todavía bastante por delante de Podemos y todavía más de Ciudadanos.

Aquí no se repitió lo ocurrido en la Italia de los 90. Allí un electorado harto de una corrupción incrustada en todos los niveles del Estado, cortó por lo sano y expulsó del sistema a los principales partidos, con la Democracia Cristiana y el Partido Socialista de Bettino Craxi -que huyó a Túnez- al frente.

El PP de Mariano Rajoy conservó La Moncloa, es decir el poder. Parecía difícil que en minoría parlamentaria lograra lo que no había conseguido en cuatro años de mayoría absoluta en los que gozó de completa libertad para hacer y deshacer: reilusionar al electorado. Y así está siendo.

Sobrevivir

El líder conservador ha conseguido sobrevivir pese a su afición por la inacción, a ciertos tics autoritarios de su Gobierno y a las gravísimas corruptelas que agujerean al PP. Ha sido gracias a su pacto presupuestario con la formación naranja y con el PNV de Andoni Ortuzar y del lehendakari, Iñigo Urkullu. A la crisis catalana, el episodio político más grave al que se ha enfrentado, y aún se enfrenta, España desde la restauración de la democracia. Y, sobre todo, al desarme político del PSOE de Pedro Sánchez.

La brutal batalla por el poder que se libró durante meses en el partido del puño y la rosa se cerró oficialmente con el triunfo de Pedro Sánchez sobre la aspirante de la vieja guardia, la andaluza Susana Díaz. Pero las heridas siguen abiertas como acaba de evidenciarlo el veto de Ferraz a Elena Valenciano, que ha impedido que un militante, en este caso una militante, del PSOE se convirtiera en líder de los socialdemócratas en Bruselas.

Ello, unido a la falta de un proyecto claro y atractivo de Sánchez, ha imposibilitado que el PSOE aprovechara el delicado momento de los conservadores para dar un puñetazo en la mesa y colocarse en la línea de salida para hacerse con el poder la próxima legislatura.

Incapacidad que todavía ha quedado más en evidencia dada la grave crisis en que se ha instalado Podemos por sus maximalismos, incoherencias y purgas internas. La formación morada, que hace apenas dos años y medio creyó acariciar el poder, es hoy un viejo prematuro sin rumbo que un día coquetea con el independentismo y otro pretende otra vez caminar de la mano con los socialistas.

De este triple descarte ha emergido Ciudadanos, la bestia negra del PNV por su evidente antinacionalismo. La formación que lidera el que pretende convertirse en el Macron español obtuvo el impulso que necesitaba en las autonómicas catalanas del 21 de diciembre. Los líos internos del PSC y años de desacierto político del PP en Cataluña le convirtieron en el voto útil de los no nacionalistas y ello le catapultó hacia la victoria.

Las encuestas que se han difundido desde entonces dicen que los naranjas se han convertido, más por autoeliminación de sus adversarios que por méritos propios, en la última esperanza para una parte del electorado que ansía un proyecto claro al que engancharse y con el que reilusionarse.

Rajoy va a tener difícil sacudirse su presión. Deberá elegir entre seguir castigando el flanco a quien es su socio presupuestario a riesgo de enfadarlo definitivamente y que le deje en una soledad que podría resultarle letal. O seguir accediendo a sus exigencias y reforzarlo para que le siga sujetando. Mal negocio a la vista.

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