Una brecha lúdica

Jugar, da igual a qué y cómo, es parte fundamental del desarrollo del niño en todas sus dimensiones

Una brecha lúdica
Felip Ariza
José María Romera
JOSÉ MARÍA ROMERA

En estas fechas propicias al regalo no son pocos los padres y madres que observan desolados a sus niños solicitando juguetes que desafían las pautas de educación no sexista con las que les han estado educando. Su esfuerzo por despojar de género al balón y a la muñeca ha sido inútil. Sin saber por qué, un buen día se encuentran con que la niña se inclina por el maletín de enfermera mientras el niño pide el juego de construcción, como si ensayaran para el futuro unos papeles profesionales a los que están predestinados en razón de sus respectivos sexos. Se dirá que en última instancia los juguetes los escogen los padres y, por tanto, son ellos quienes asumen la responsabilidad de crear o desterrar los estereotipos de género. Pero en las decisiones de compra intervienen otros factores más allá de la voluntad paterna. Dependen extraordinariamente de los deseos del niño (esa exaltación del «quiero» que es la carta a los Reyes Magos), y estos deseos a su vez están mediados por la presión ambiental, desde el patio del colegio hasta las pantallas de la televisión. Décadas de producción de juguetes no sexistas y de formación en valores igualitarios no han podido con un hecho comprobado: a partir de los cuatro o cinco años, el sesgo sexista hace que muchos niños de uno y otro sexo tiendan a rechazar los juguetes vinculados tradicionalmente al sexo opuesto.

Nada de esto tendría importancia si estuviéramos hablando únicamente de juegos. Jugar, da igual a qué y cómo, es parte fundamental del desarrollo del niño en todas sus dimensiones: afectivo, cognitivo, motor, social. Si el derecho al juego es reconocido en los acuerdos internacionales como un derecho básico de la infancia se debe a que nadie duda en considerarlo naturalmente ligado a una parte tan fundamental de la existencia humana. La discusión surge cuando se analizan otras dimensiones de la actividad lúdica. Los juegos y los juguetes son transmisores de valores, inculcan ideas y percepciones del mundo, intervienen en la configuración de las relaciones con los otros, moldean patrones de comportamiento y adiestran para la vida social. Y es ahí donde dejan de ser inocentes. Puede ser que la elección de un juguete aisladamente considerado carezca de relevancia a efectos formativos, dada la capacidad del niño para crear sus propios mundos. Pero cuando los juguetes empiezan a seguir pautas impuestas, a regirse por patrones comerciales y a emular esquemas de comportamiento de la vida adulta, desentenderse de lo que hay detrás de cada uno constituye una irresponsabilidad.

Afortunadamente la sensibilidad social en determinados ámbitos ha puesto límites a cierto tipo de juguetes antes aceptados sin discusión, como los bélicos. Pero si el auge del pacifismo como actitud moral derivó en el rechazo o al menos el control de pistolas, cuchillos o ametralladoras en las jugueterías, no puede decirse lo mismo de los valores igualitarios. Mientras parece indiscutible que entre mujeres y hombres de nuestro tiempo se van difuminando las diferencias laborales y domésticas que antes les adjudicaban papeles divergentes, los catálogos de juguetes relacionados con la emulación de tareas adultas parecen haberse detenido en décadas atrás. El azul y el rosa vuelven a marcar distinciones ya desde las mismas cajas donde viene envasado el juguete. Las habilidades y conductas que evocan juguetes de distinta clase apuntan directamente a uno u otro sexo de manera inequívoca. De un lado, la maternidad, la belleza corporal, las tareas domésticas y las profesiones ligadas a la protección o la ayuda. Del otro, las actividades de riesgo, las productivas, la ostentación de poder y de fuerza.

Que ocasionalmente se produzcan transvases de una zona a la otra y nada impida que los padres regalen un camión a la niña y un juego de maquillaje al niño no significa que esa flexibilidad cuente con el beneplácito de los destinatarios, ni mucho menos que reciban la sanción favorable de un mercado que en última instancia es el que impone las tendencias de consumo. ¿Habrá que ser pacientes y esperar que según vaya creciendo el número de hombres que cuidan de los bebés se equilibre el uso de muñecas por parte de niños y niñas? ¿El acceso pleno de la mujer a profesiones antes consideradas masculinas aumentará el número de niñas que quieran jugar con coches o con máquinas? Nada asegura que vaya a ser así. He aquí un fenómeno significativo, relacionado con los juguetes tecnológicos: los usuarios y consumidores masculinos de esta clase de aparatos son cuatro veces más que los femeninos. Si esto sucede en los objetos recreativos de última generación, los que anticipan las líneas de futuro en la producción de juguetes, quiere decir que cada vez nos alejamos más del ideal del juguete igualitario. Dado que los juguetes configuran en buena medida lo que luego serán los comportamientos reales del adulto, la pregunta es si no estaremos deshaciendo en el espacio lúdico lo que tanto trabajo nos está costando construir en el espacio

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