La botella sin mensaje

La botella sin mensaje
Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

Flotaba en el mar de dudas y costó mucho encontrarla, pero una vez hallada se descubrió que no tenía nada dentro. Su contenido era tan vidrioso como su apariencia y se avecina la lucha electoral cuando nuestro contable más notorio, que es Cristóbal Montoro, ha confesado que, si no recaba los apoyos imprescindibles, podría prorrogar, por segunda vez, los Presupuestos Generales del Estado. Quizá no sea esa la manera más conveniente de gobernar, pero no hay otra opción porque no tiene dónde escoger. Se aglomeran las cuentas públicas y coinciden con el fin de la legislatura. Mientras, Bruselas, que siempre aprieta, ahora nos ahoga. Las peleas del centroderecha se han hecho circulares y el Partido Popular está en caída libre, aunque misteriosamente no corra un peligro inmediato de romperse la crisma.

Albert Rivera cree que el último camino que le queda a Rajoy es cumplir lo prometido si quiere aguantar la legislatura. No es que dude de la capacidad de aguante de don Mariano, que está demostrada, pero le invita a reflexionar sobre ella antes de que sea tarde y la noche caiga sobre todos. La célebre regla D’Hont dice que le garantiza un considerable número de diputados, pero, como todas las reglas, depende de cómo se aplique. En esta España ‘agropecuaria’, que dice mi dilecto Ignacio Camacho, siempre hay que contar con el voto rural. Cuando yo era niño, allá en el Antiguo Testamento, el grito era ‘¡Arriba el campo!’. Han pasado muchos años, pero el campo se ha quedado en el mismo sitio, que se parece mucho al descampado. La batalla, hasta ahora incruenta por fortuna, nos está haciendo más pobres a todos menos a la familia Pujol, que ha ganado dinero hasta con la lotería, comprando décimos premiados. Es la mejor manera de driblar a la suerte, que quizá tenga sus leyes. No las conocemos más que de oídas.

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