BOTA EN VERDE

ÁNGEL RESA

En un relato futurista intuyo carteles admonitorios en las entradas diáfanas a la Virgen Blanca. Ignora uno si es rebelde porque el mundo le hizo así, pero lleva mal el asunto de las prohibiciones. Claro que las hay lógicas y hasta dignas de respaldo. Ya hace tiempo que la modernidad apartó el humo de los puros que escalaba hacia ese cielo del que desciende Celedón. El mocerío pasó de prenderlos para entregarse al agite de botellas que arrojaban un espumoso cuya ingesta resulta absolutamente desaconsejable. Y quienes nos hemos quitado del vicio del fumeque entendemos ahora a quienes tosían a nuestro alrededor. En cuanto al vidrio, válganos la patrona, con lo ecólogos urbanos que somos y dejábamos la plaza matriarcal como un campo minado de guijarros hirientes.

Me alegro de no aspirar caladas y cada quien es libre de comprar tabaco o pasar de un consumo que perjudica seriamente la salud. Sobre el veto al cristal sólo me queda aplaudir la señal izada de stop a meter botellas en la espléndida escenografía del jolgorio programado a media tarde. Pamplona ya apostó por ello hace años y nadie se ha rasgado las vestiduras. En todo caso, se las ha puesto como la túnica de Cristo tras absorber el impacto de tantos líquidos pegajosos.

La compañera me informaba ayer de sus visitas a estancos, supermercados y tiendas del textil festivo. Lo que hay que escuchar por tener orejas. Lideraba la tabla de ventas la bota en plástico verde -aquí otro color significa devoluciones- donde meter kalimotxo, bebida que soporta de manera hidalga el paso del tiempo. La mezcla de vino peleón y cola suplirá esta tarde al presunto cava capaz de arrancar una moto. Y al oírle hablar de vegueros recordé las tardes dominicales de infancia y adolescencia en Mendizorroza. Relegados los habanos y dominicanos de postín, la peña recurre al farias del fútbol de toda la vida. Aquel olor penetrante que entraba por la nariz en el minuto uno y seguía dando vueltas por las fosas después del pitido final.

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