Bolardofobia

Bajo esta aparente controversia sobre la libertad y la seguridad lo que realmente late es la eterna bronca de las dos Españas

Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Una prueba irrefutable de que España va viento en popa y de que es uno de las países más avanzados del mundo en el aspecto democrático, económico, sociocultural, intelectual e incluso filosófico -me atrevería a decir yo- está en que el bolardo se haya convertido en el gran tema de debate nacional. No hay nadie que ya no tenga hoy una opinión hecha, esto es seriamente formada y sólidamente argumentada, sobre los bolardos y su instalación, sobre sus pros y sus contras, sobre su naturaleza conservadora o progresista, sobre su eficacia o ineficacia para impedir que un ¿estadista islámico? te arrolle impunemente con la furgoneta de los helados Miko o la de las Mudanzas Mínguez e Hijos. En todo español late un doctor en bolardos aunque no hayamos hablado de ellos en toda la vida. Lo más asombroso es que una palabra que no usábamos nunca y que había permanecido, desde que nació, dormida, hibernada, muerta de asco, en los diccionarios (como les ocurre a los ‘norayes’ y a los ‘proíses’) ocupe hoy tantos kilómetros de papel o genere tantos ríos de tinta, saliva y adrenalina. Como ocurre con todo en este país, el bolardo se ha politizado. El detonante fue, sin duda, la teoría de Ada Colau de que «el bolardo coarta la libertad», que supuso la implícita y automática adscripción reaccionaria del término. A partir de ahí se desató lo que podríamos denominar «un imparable proceso de ideologización de ese modesto cachivache del mobiliario urbano», el estrellato viral del alcalde de Alcorcón y del cura de Virgen Madre, la polémica sobre si Colau y Carmena tienen los bolardos bien puestos…

Sí. Bajo esta aparente controversia sobre la libertad y la seguridad lo que realmente late es la eterna bronca de las dos Españas, o, dicho de modo más científico, un subterráneo y todavía inexplícito debate de fondo sobre si el bolardo es de derechas o es de izquierdas y sobre si puede ser de un signo o de otro en función de quién lo ponga y de para qué lo ponga. ¿Puede, por ejemplo, un bolardo buenista, ecologista y pacifista de esos que lucen en las zonas peatonalizadas de las ciudades para que el tráfico no contamine a los paseantes, a sus niños y a sus perros, cambiar de chaqueta y convertirse en un bolardo fascista? ¿Es menos democrático el bolardo fijo que el bolardo vergonzante y acomplejado de quita y pon? Tras el reciente fenómeno español de la turismofobia, que ha asombrado al mundo, ¿puede empezar a hablarse con propiedad del surgimiento de una auténtica bolardofobia?

El PP ha desautorizado a su alcalde alcorconero y la Conferencia Episcopal a su párroco madrileño. Hablamos mucho sobre los bolardos o los maceteros, y seguiremos hablando. Son, sin duda, unos apasionantes artefactos y España un país admirable que ha sabido elevar a categoría de discusión teológica un debate propio de una asamblea de escalera de vecinos.

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