La batalla por las medallas

Si hace unos años a alguno le hubieran dicho que iba a haber codazos en el Gobierno central por salir en la foto con el PNV se habría frotado los ojos

OLATZ BARRIUSO

La política se parece, cada vez más, a una inmensa red social. Lo importante no es tanto lo que se hace sino que todo el mundo lo vea. Imaginemos, por un momento, a la vicepresidenta etiquetando en sus fotos al lehendakari y a los consejeros vascos para darle en los morros a Puigdemont. ‘Soraya se siente entusiasmada con Iñigo Urkullu y cuatro amigos más’. La cosa no llega a tanto, todavía, pero se le parece. Si hace unos años a alguno le hubieran dicho que iba a haber codazos en el Gobierno central por salir en la foto con el PNV se habría frotado los ojos, incrédulo. Pero está pasando. El despropósito catalán ha tenido un inesperado efecto ‘boomerang’ y, unido a la perentoria necesidad de apoyos para salvar las votaciones clave de la legislatura, ha desatornillado las resistencias de Madrid a impulsar el autogobierno vasco.

Ahorros millonarios y un Cupo ajustado, más contribuyentes, de los gordos, para las Haciendas vascas, la encomienda de gestión de una línea ferroviaria de mercancías, retoques para optimizar las competencias que ya ejerce Euskadi... Y está por ver qué más cae en la saca: de momento, Vitoria negocia con Montoro para que la Hacienda alavesa no vea mermados sus ingresos por la tributación de Mercedes como planta exportadora y la negociación presupuestaria que arrancará en septiembre promete emociones fuertes. Rajoy necesitará, más que nunca, un acuerdo con el PNV para afianzar la legislatura cuando el incendio catalán se avive y los jeltzales apostarán fuerte por más poder competencial, más desembolsos en Euskadi y más apariencia de ser, como decía Aitor Esteban en una entrevista en este periódico, «una nación diferenciada» que trata de tú a tú con Madrid. Paradojas de la vida, el desenfreno independentista de unos aumenta el poder real de otros. Puro Maquiavelo. Tanto que la prensa madrileña ya editorializaba ayer para advertir que la hermosa amistad con el PNV no debería desvirtuar la igualdad entre españoles.

A los jeltzales, sin embargo, las medallas del Cupo, el Concierto y todo lo demás les están obligando a tragarse unos cuantos sapos. El que algo quiere, algo le cuesta. Por ejemplo, coleccionar fotos con el PP que darían ya para varios álbumes y sonreír en todas pese a saber que la estrategia le puede provocar daños en el flanco soberanista. Abstenerse en la reprobación de Montoro aunque en su día echaron pestes de la amnistía fiscal. O ver cómo Rajoy, no precisamente querido en estos lares, les pone como ejemplo de nacionalistas modelo en Bilbao. Pequeñas incomodidades que no provocan más que un leve frunce de ceño. El Gobierno del PP, por su parte, también quiere medallas. Dejar que el PNV se las prenda en la pechera para aparecer como un Gabinete dialogante y pactista y no unos malvados centralistas está muy bien, pero no basta. De ahí que la vicepresidenta quiera sacar pecho hoy en Vitoria con las inversiones millonarias en Mercedes y dejar claro que también ellos miran al norte. Y no solo por el interés.

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