El «¡basta ya!» de las mujeres

Nada puede seguir igual tras su multitudinario clamor contra las discriminaciones que sufren en una histórica jornada de protesta

El «¡basta ya!» de las mujeres
EL CORREO

La movilización sin precedentes que protagonizaron ayer las mujeres de todo el planeta es una muestra de saludable vitalidad democrática. Un más que justificado clamor por la igualdad que refleja la oleada de indignación que han despertado los graves problemas de discriminación, abusos y violencia por razones de género con los que conviven. Situaciones inadmisibles que el conjunto de la sociedad debería interiorizar, por fin, como tales para corregirlas de una vez. Este histórico 8 de marzo, una eclosión femenina de extraordinaria magnitud, debería contribuir a ello. La multitudinaria asistencia a las concentraciones organizadas en las principales ciudades vascas, que desbordó las previsiones más optimistas, y en toda España representa la viva imagen de un hartazgo colectivo más que comprensible. La marea de decenas y decenas de miles de mujeres, vestidas de negro y con lazos y brazaletes morados, que colapsó ayer calles y plazas de Euskadi visualiza una sensibilidad a flor de piel ante sonrojantes injusticias que exigen una adecuada respuesta. También la incidencia de los paros laborales en sectores como la sanidad, las residencias, la enseñanza o el transporte, que acentuaron la visibilidad de la protesta. El 8-M más reivindicativo fue un rotundo éxito. Entre otros motivos, porque supo trasladar en toda su crudeza un grito que ha calado bien hondo contra la discriminación que sufren las mujeres. Resulta ilusorio pensar en cambios radicales de un día para otro. Pero nada podrá seguir como hasta ahora tras la mecha que ha prendido imparable en la conciencia de la multitud que se echó ayer a la calle para reclamar algo que, aunque suene a revolucionario en algunos oídos, es lo que en justicia les pertenece como seres humanos. El objetivo de una igualdad real y efectiva -un reto transversal y al margen de las ideologías- ha de figurar entre las prioridades inaplazables de los poderes públicos y traducirse día a día en hechos en las relaciones entre hombres y mujeres. El cambio social que revela la espectacular movilización de ayer ha de ser el inicio de un camino. Largo, sin duda, pero obligado para desterrar enquistados hábitos de un tiempo lejano en el que la mujer estaba confinada en el hogar y aún no había irrumpido en el mercado laboral. Para corregir, una a una, actitudes individuales hasta lograr una transformación colectiva que no se puede imponer por decreto.

Lucha contra el machismo

Solo así será posible que pierdan sentido las dos palabras que resumen la atronadora protesta que sacudió ayer Euskadi: ¡Basta ya! Y, en efecto, ya basta. De salarios más bajos porque la maternidad empuja a las mujeres a empleos más precarios al descansar sobre ellas las tareas del hogar y el cuidado de hijos y mayores. Y porque frena su carrera profesional por muy válidas que sean. Basta ya de trabajos convertidos en guetos femeninos. De acosos más o menos descarados en la oficina o en la barra de un bar. De ser presentadas como una pura mercancía sexual y tratadas como si lo fueran. Ya basta de abusos. De malos tratos ahogados entre las paredes del hogar. De crímenes. Basta ya de machismo. Una lacra contra la que hay que librar una lucha sin cuartel con el propio ejemplo, y con la educación en las aulas y en la familia. Justo es reconocer que en los últimos años se han producido avances hacia la igualdad. Resulta innegable. Tanto como que aún queda mucho camino por recorrer para construir una sociedad sin discriminaciones tan flagrantes. Una sociedad como la que nos gustaría dejar a nuestras hijas e hijos.

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