Barbarie en el fútbol

- Editorial -

La muerte de un ertzaina en los altercados de San Mamés obliga a redoblar la lucha para erradicar la violencia existente en torno al deporte

Ramo de flores colocado en un poste junto a San Mamés./BORJA AGUDO
Ramo de flores colocado en un poste junto a San Mamés. / BORJA AGUDO
ELCORREO

La muerte del ertzaina Inocencio Alonso mientras trataba de frenar, en medio de una lluvia de bengalas y objetos, a los ultras que actúan en nombre del Spartak de Moscú y a los que lo hacen atribuyéndose el del Athletic demuestra que la violencia pone siempre al límite la dignidad y la propia integridad física de las personas. El fallecimiento de Inocencio no fue fortuito. Fue, con toda seguridad, resultado del estrés incontenible al que debió enfrentarse junto a sus compañeros de la Brigada Móvil ante una situación que devolvió a Bilbao escenas de irracionalidad extrema que se creían postergadas. La violencia a cuenta del fútbol conforma el único espacio impune, tolerado y comprendido en que la brutalidad sin límites logra establecerse como verdadero poder fáctico en Europa. Se trata de un fenómeno connivente cuando las autoridades del deporte se escudan en que lo peor tiene lugar fuera de los estadios; y cuando los clubes evitan confrontarse con supuestos aficionados que no se enardecen durante tal o cual encuentro, sino que van enardecidos de antemano porque conforman tramas extremistas a cuenta de la competitividad deportiva. Las imágenes de los altercados del jueves en los aledaños de San Mamés no permiten distinguir a los ultras rusos de los ultras vascos porque la violencia les confunde en un mismo retrato de la barbarie. Los objetos requisados a quienes se dicen ‘antifascistas’ en nombre de Euskal Herria delatan que su talante nada tiene que ver con la libertad, sino con la pretensión de alentar la espiral violenta arrogándose funciones de salvapatrias. Solo la actuación de la Justicia ordinaria puede empujar al mundo del fútbol a adoptar medidas drásticas para alejar de su entorno la violencia. Para que un partido no sea una excusa propicia a cualquier barbaridad. A una brutalidad que se ufana de actuar en un espacio fuera de control. La UEFA no se sentirá concernida por unos altercados tan graves mientras las instituciones no apliquen al límite los recursos de la ley o no los adecúen, en su caso, a los retos emergentes de la ignominia disfrazada con equipamiento futbolístico para evitar que energúmenos con un negro historial a sus espaldas como los que viajan con el Spartak de Moscú sigan su libre tránsito de estadio a estadio. Pero lo mismo ocurre con cada club, con cada federación o con cada asociación profesional.

Impunidad y tolerancia

La impunidad, la tolerancia y hasta la comprensión hacia los episodios de violencia en torno al fútbol son resultado, en buena medida, del peculiar anonimato en que se mueven sus causantes. La detención de solo nueve personas en Bilbao contribuye a recrear la idea de un fenómeno colectivo exento de responsabilidades individuales. Como si la barbarie fuese circunstancial y nadie pudiera verse imputado, en tanto que investigado, por acontecimientos tan graves. Los sucesos del jueves interpelan a Europa entera. Pero lo hacen, de entrada, a quienes, desatendiendo las advertencias del Gobierno vasco de no provocar ni responder a las provocaciones de los visitantes más violentos, aprovecharon el partido para citarse en dos días consecutivos como ‘antifascistas’. Concentraciones tramitadas ante el Departamento de Seguridad, que a todas luces las permitió ante el temor a que prohibirlas fuera una peor solución. Eso y el despliegue policial previsto forman parte de las explicaciones que deberán dar sus responsables en sede parlamentaria. Sin que ello exonere en ningún caso a los causantes de tan trágicos sucesos.

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