Auschwitz

La exposición sobre el exterminio judío revela que no debemos resignarnos ante la tentación del olvido, sino convencer a los ciudadanos de recordar con rigor, de la mano de la historia

Auschwitz
Raúl López Romo
RAÚL LÓPEZ ROMO

He visitado recientemente la exposición sobre el campo de exterminio de Auschwitz que estará abierta en Madrid hasta junio de este año. Pese a tratarse de un día de labor, las salas de Arte Canal estaban llenas a rebosar. En respetuoso silencio, decenas de personas escuchaban los testimonios de los supervivientes de una de las mayores aberraciones que ha sido capaz de perpetrar el ser humano. Hay un aspecto en el que el Holocausto es incomparable con cualquier otro fenómeno histórico: la maquinaria industrial puesta al servicio del exterminio de un grupo completo de población, los judíos, independientemente de su edad, sexo, clase social, profesión o ideología. El destino reservado por los jerarcas nazis para todos ellos, sin excepción, fueron las cámaras de gas y los pelotones de fusilamiento. El objetivo era que no quedara ni el rastro de su existencia sobre la faz de la tierra. Ahora bien, en ciertos aspectos el Holocausto sí puede y debe hacernos pensar sobre otros desastres provocados por el hombre: la cosificación del otro, los crímenes a los que lleva el fanatismo o, por el contrario, el papel de los justos que salvaron vidas hasta en las peores circunstancias.

De los aproximadamente seis millones de judíos asesinados durante el Holocausto (nunca llegaremos a saber la cifra exacta), más de un millón perdieron la vida en Auschwitz. Los datos son tan abrumadores que cuesta imaginar la magnitud de la catástrofe. Comunidades enteras, activas durante siglos, desaparecieron para siempre. Es el caso de los judíos de Salónica, en Grecia, cuyos antepasados procedían de España, de donde fueron expulsados por los Reyes Católicos. Aún hablaban la lengua ladina cuando fueron deportados en masa a Auschwitz.

El planteamiento de la exposición es diáfano y acertado desde su mismo título: 'No hace mucho. No muy lejos'. Es una invitación a que cada uno de nosotros reflexione sobre aquellos acontecimientos, situándolos en el espacio y en el tiempo, y a que sintamos empatía por las víctimas. Con tal fin, el relato va saltando de lo general a lo concreto. Así, se desgrana información sobre grandes hechos como la invasión de Polonia o el avance de la Wehrmacht hacia el este de Europa, antes de detallar vidas individuales sacudidas por tales sucesos. La voz de las víctimas está siempre presente, así como su reverso: la ideología de los perpetradores. Así ponemos rostro a unas y otros, ubicándolos en dos categorías morales radicalmente contrapuestas. Si hay un sitio reservado para los verdugos y para sus corifeos es en calidad de tales, sin medias tintas.

Nadie ha exigido que la exposición no solo se dedique a Auschwitz, sino también a las víctimas de los bombardeos aliados contra ciudades alemanas como Dresde o Hamburgo, que causaron numerosos muertos entre la población civil. ¿Por qué? Porque nadie quiere nivelar balanzas para tratar de demostrar que todos los contendientes sufrieron o que todos cometieron desmanes. Ocurre que Auschwitz se ha convertido en el símbolo del mal por antonomasia. Eso no implica 'excluir' otras historias, sino que da pie a reflexionar sobre la historia y la memoria de un pasado traumático a partir de un caso concreto de singular trascendencia.

Me resultó inevitable traer el título 'No hace mucho. No muy lejos' a nuestro entorno más próximo. Una encuesta del Euskobarómetro desveló hace varios meses que casi la mitad de los vascos prefiere pasar la página del terrorismo, se entiende que sin haberla leído antes. No obstante, este es un tema que no se presta a componendas: hay que contar las cosas como fueron, guiándose por un criterio de veracidad y objetividad, no de conveniencia política. La historia del terrorismo no puede quedarse en una simple enumeración de las diferentes organizaciones que han actuado en Euskadi (ETA, Batallón Vasco Español, GAL, Comandos Autónomos Anticapitalistas), para que se vea que fueron de diferente tipo. Habrá que estudiar las ideologías totalitarias que había detrás de ellas, los factores de su surgimiento y desarrollo, el diferente grado de penetración social que tuvieron…

En cuanto a sus víctimas, todas ellas son iguales y merecen justicia, dignidad, verdad y memoria. Lo que varían son los procesos de victimación que han sufrido. Muchas se han sentido dejadas de lado durante largo tiempo por las instituciones y por la sociedad. Habrá que escuchar sus testimonios. Y habrá que recordar que ETA ha sido, de largo, la organización terrorista que más ha matado, herido y amenazado, la que más ha durado y la que ha contado con respaldo social en Euskadi, esto es, con un cuantioso grupo de nuestros convecinos que aplaudía sus crímenes o los relativizaba, y que, por tanto, ha dado muestra de la enfermedad moral que ha carcomido esta tierra durante décadas.

No debemos resignarnos ante la tentación del olvido, sino convencer a nuestros conciudadanos de recordar con rigor, de la mano de la historia, porque esa será la mejor garantía de no repetición.

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