Athletic: sí, pero no

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Son bien conocidos los cuatro estados de ánimo posibles de un aficionado en función de los resultados y el juego de su equipo. Y me explico con toda rapidez antes de que la Brigada de Estrictos Puntualizadores de Guardia (BEPG) salte de inmediato diciendo que eso no es verdad, que los perfiles psicológicos de los hinchas son innumerables, que en realidad cada forofo es un mundo -¿cómo no iba a serlo si existen, por ejemplo, 43,8 millones de argentinos?-, y establecer por tanto sólo cuatro categorías es una bobada. No. Yo me refiero a las cuatro categorías troncales, universales, de las que parten, en diversas ramificaciones, todas las demás. A saber. El hincha completamente feliz porque su equipo gana y juega bien. El completamente triste porque pierde y juega mal. El dolido pero esperanzado porque su equipo juega bien y pierde. Y el satisfecho pero receloso porque juega mal y gana.

No hace falta decir que, a día de hoy, los aficionados del Athletic formamos parte de este último grupo adversativo, el del sí pero no. Ya hemos estado en él otras veces -la pasada temporada, sin ir más lejos- y no termina de ser agradable. Es cierto que uno puede consolarse recordando que otros están mucho peor. Es más, puede llegar a convencerse de que se está quejando de vicio. Al fin y al cabo, los que tenemos cierta edad crecimos escuchando heterogéneas voces que nos animaban a ser frugales en nuestros deseos. Pero la verdad es que resulta muy molesto eso de no poder disfrutar al 100%, feliz y despreocupado, de los buenos resultados de tu equipo. Es como estar comiendo unas ostras deliciosas preocupado por si te vas a intoxicar. El mal juego produce esa duda corrosiva.

En el caso del Athletic, los aficionados no podemos alegrarnos del todo viendo la clasificación -estamos en puestos de Champions, oiga, y el jueves debutamos en la fase de grupos de la Europa League- porque somos conscientes de algo obvio: que el fútbol somnífero y pragmático que está practicando el equipo de Ziganda puede servir para noquear a la mitad de los rivales de Primera y llevar una vida cómoda, pero para nada más. Jugando como contra el Getafe, el Eibar o el Girona, el Athletic cumplirá el expediente. Le bastará con su pegada para acabar disfrutando de la rutina de la media tabla, digamos que de una vida aburrida y convencional, sin mayores sobresaltos y expectativas. El problema es que la gente no se aficiona al fútbol para eso. Uno no siente una pasión volcánica por su equipo para acabar quedándose en el coche y volviendo a su granja solitaria con el corazón partido, como Francesca en ‘Los puentes de Madison’. Lo hace, precisamente, para bajarse de él y entrar en ese otro que se ha detenido delante, en el semáforo, bajo el lluvia que no cesa, y le espera unos segundos con los intermitentes puestos.

Digo esto último porque creo que al Athletic de Ziganda le está faltando valentía, inconformismo, liarse un poco la manta a la cabeza. Detecto un exceso de prudencia, de miedo a fallar en un proyecto que tanta ilusión hace al técnico de Larrainzar. Admito, eso sí, que esto pueda ser una impresión errónea y que este fútbol tan práctico como adormecedor que le estamos viendo al Athletic sólo sea un preámbulo y se deba a un inteligente cálculo por parte de su técnico, convencido de que no tiene plantilla para empezar la temporada a un ritmo fuerte, tirando arriba la presión y dando velocidad a la circulación. Asumiendo riesgos, vaya. Tal vez la idea de Cuco sea implantar esos preceptos en los que siempre ha creído poco a poco, a medida que vaya pasando el curso. No lo sabemos.

El tiempo lo dirá. Personalmente, me parece una decisión peligrosa por mucho que los resultados estén acompañando hasta ahora. Y es que los equipos, cuando crecen, suelen hacerlo a medida que van poniendo en práctica y asimilando como es debido los principios que les impone su entrenador. Y esos principios no pueden ser intercambiables, como los de Groucho. Quiero decir que se me hace difícil pensar que un equipo que se pasa semanas bien pertrechado en defensa, sin apenas incorporaciones de los laterales, que desprecia la posesión, espera al rival en su campo y lo fía todo al esfuerzo y a la pegada de su delanteros, de repente sufra una metamorfosis y se convierta en uno de sus escuadrones vibrantes que, como el Athletic en sus mejores años, animan a sus hinchas a empeñar hasta el colchón para poder seguirle por los campos.

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