Ni argumentos ni diálogo

Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

Con el plantón de Puigdemont al Senado se frustraron las expectativas de quienes llegaron a ver en la invitación para que compareciera ante la Cámara alta cierto margen de maniobra para evitar la ruptura. Quien tanto reclamaba diálogo con el Gobierno central encontró ayer una excusa para justificar su ausencia, demostrando su desprecio por la soberanía nacional. Y sembrando la duda sobre su capacidad dialéctica en un pulso parlamentario. Sobre la aplicación del artículo 155 se pronunciaron algunos portavoces del entorno de Rajoy, con matices, como del Partido Socialista.

Quizá por falta de argumentos (tan acostumbrado a los monólogos y a leer discursos) el presidente de la Generalitat prefirió acogerse a las declaraciones de algún ministro y portavoz del PP -que había indicado que no sería suficiente con la celebración de elecciones para retirar el artículo 155- y no hacer caso a las de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, que había dejado una puerta abierta a los cambios de última hora. A Puigdemont le convenía más la versión dura porque, en el fondo, no se atrevía a explicar a sus señorías del Senado que se acercaba la proclamación de la república independiente. Que ese menú ya se lo ofrecería al Parlament que ha permanecido cerrado a su conveniencia.

Ha perdido la iniciativa pero su desafío tiene tal capacidad desestabilizadora que se dedica a contraprogramar. Su penúltima maniobra: posponer la sesión del Parlament (de 10 de la mañana a las 16.00 horas) para alegar incompatibilidad de agendas con el Senado como aderezo de la excusa fundamental: que el Estado iba a aplicar el artículo 155 sí o sí. En ese escenario tan traumático es donde mejor se mueven estos gobernantes independentistas empujados por sus socios antisistema y por las asociaciones de movilizaciones subvencionadas. Que la Generalitat no quería el Estatuto quedó en evidencia en el Parlamento cuando lo derogaron el pasado 6 y 7 de setiembre. Pero que prefieran la aplicación del 155 mientras activan la acción/reacción como nutriente de su victimismo, refleja una actuación tan poco inteligente , aparte de totalitaria, por la que tendrán que pagar la cara factura de la desafección de tantos ciudadanos catalanes que no les siguen y que temen por su estabilidad económica y política.

La aplicación del artículo de la Constitución para recuperar la autonomía que fulminó la mayoría independendista en el Parlament está abriendo algunas brechas políticas. En las filas socialistas, porque mucha afiliación del PSC tiene alma independentista. Entre el PSOE y el Gobierno que no dejan de ser aliados de circunstancias. En Podemos que a la mínima disidencia purga a los críticos sin que les tiemble el pulso, como le acaba de ocurrir a Carolina Bescansa. Y en la propia Generalitat, que ha celebrado reuniones de máxima tensión hasta conseguir que el PDeCAT tuviera una sola voz en medio de amagos de dimisiones por parte del conseller de empresa Santi Vila.

Lo que está pasando en Cataluña es una revuelta dirigida por los mismos que ostentan el poder desde hace casi 40 años. Y empujados por los antisistema. Una combinación explosiva que perjudicará a todos. No solo a los siete millones de ciudadanos catalanes. Mil quinientas empresas se han ido ya de Cataluña desde el referéndum ilegal del 1-0. Fin del diálogo. Y el Estado, persuadido de que si no se aplica el 155 imperará la ley de la calle. El peor escenario.

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