ARCO: ¿Censura o marketing?

Es mejor tener la obra de Santiago Sierra expuesta en la feria de Madrid, más allá de lo poco o mucho que interese, a dejar pasar su censura artística. Si esta pasa, ningún artista se sentirá a salvo

ARCO: ¿Censura o marketing?
JAVIER GONZÁLEZ DE DURANA

No estoy muy seguro de cuál es el motivo por el que algunas personas se escandalizan ahora. ¿Qué pensaban que es ARCO? ¿Un territorio virginal donde las intenciones de los feriantes concurrentes son la salvación del planeta y la hermandad entre todos los seres humanos? ¿Un lugar donde el visitante, conmovida su sensibilidad, derrama lágrimas de emoción?

Basta de ingenuidades. ARCO es un mercado, una feria con ínfulas en el que los objetivos son ganar dinero y establecer relaciones sociales que permitan ganar más dinero en el futuro. El arte es la herramienta que hace posible esos objetivos; en ningún caso es el fin; es el medio que moviliza su existencia.

Los feriantes harán lo que sea preciso para facilitar y lograr el alcance de las metas económicas que les han llevado hasta allí y para lo cual han invertido previamente importantes cantidades económicas de cara a alquilar el stand, acondicionarlo, transportar las obras artísticas, publicidad, etc.

Por tanto, si Ifema le dice al feriante que no quiere que tal o cual obra se exhiba en sus instalaciones, por las razones que fuere (todas serían indecentes), ¿qué hará el feriante? ¿Salvaguardar su dignidad y la de sus artistas ante semejante intromisión, retirando sus obras, cerrando el stand, dando por perdida la inversión realizada y marchando a su casa al no poder soportar la censura sobre la obra de un artista en la que puso su confianza o, por el contrario, continuar en el mercado tras retirar la obra demonizada y esperando ganar más dinero del inicialmente previsto gracias a la publicidad gratuita conseguida por medio del revuelo mediático?

No caben dudas: siendo el objetivo ganar dinero, hará lo necesario para conseguirlo, en ningún caso para no ganarlo y mucho menos para perder la inversión hecha. Un feriante espabilado, incluso, aprovechará esta circunstancia para vender la obra censurada, pero fantásticamente publicitada (como ya ha sucedido al precio de 80.000 euros+IVA tras adquirirla un coleccionista que, según afirma, se interesó por ella antes de que se desatara la polémica). La galerista afectada se encuentra feliz y contenta y, si creemos sus palabras, también lo está el artista pues se trata de la primera obra suya que vende; eso dice ella a pesar del amplio reconocimiento museístico y crítico que posee. No sé, hay muchas medias verdades por aquí, aunque nada contra el hecho de querer vender y comprar, esta no es la cuestión. Sin ser malpensado, incluso podría sospechar que todo lo sucedido estaba previsto como una inmejorable campaña de marketing o, como mínimo, había sido deseado.

Sobre todo, lo que me parece que abunda es hipocresía de refinada calidad en los beneficiados por este lamentable hecho y poco conocimiento de arte entre quienes pidieron la retirada de la obra.

Una hipocresía que deriva del contraste entre las elevadas cualidades de carácter estético, humanista, político y moral que se atribuyen a este tipo de arte actual, la pureza con la que se envuelve el paquete y el interés alejado de lo crematístico, con la constatación de lo que se quiere de verdad: vender, aunque se dejen jirones de dignidad o coherencia en el camino. Demasiado a menudo se contempla a gentes de estos ámbitos artísticos subirse a pedestales de superioridad moral desde los que sermonean a los demás con discursos de cristalina limpieza teórica. Aunque indeseables, hechos como este quitan muchas caretas.

El desconocimiento de lo que es una imagen artística, por otra parte, impulsa acciones censoras como esta. Si para sus creaciones un artista utiliza imágenes de brujas, extraterrestres, dioses, frankensteines, toros llevando mujeres desnudas sobre sus lomos según cabalgan sobre las olas del mar…, no quiere decir que crea que todos esos seres fantásticos existan en realidad. Es ficción; son simbólicos; quieren decir otra cosa diferente de lo que muestran. Son verdades como arte, pero no necesariamente son verdades en la realidad. El arte no es la imagen que vemos, sino las interpretaciones que los observadores hacen de esa imagen. Por eso se dice que la pornografía está muchas veces en la mente de quien observa y no en la imagen observada. Donde un sujeto contempla un acto indecente otro aprecia una escena amorosa, sin más. Así, donde algunos ven prisioneros políticos en España -aunque ellos mismos niegan que existan- otros solo observan fotografías de caras pixeladas.

Santiago Sierra es un artista complejo que funciona con estrategias inteligentes y oportunistas. No me gusta que para realizar su obra haya maltratado animales, ni hecho sufrir a emigrantes, ni dañado físicamente a prostitutas… Se vale de las peores prácticas de la sociedad actual para crear unos documentos visuales impactantes, más cercanos a la antropología y la sociología que a otra cosa. Si afirma que utiliza lo peor de la actualidad para denunciarlo, así tomarán muchos su obra, como documento de agitación y denuncia, sin más. La forma artística parece ser, para él, de importancia secundaria.

En todo caso, es mejor tener la obra de Santiago Sierra expuesta en ARCO, más allá de lo mucho o poco que interese, a dejar pasar su censura artística. Si esta pasa, ningún artista se sentirá a salvo.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos