Me apunto al nuevo modelo

RAMÓN LOZA LENGARAN

El cartel lo dice bien claro. Las fiestas se celebran a la mayor gloria de la patrona de la ciudad. El esquema tradicional es que la Cofradía que, desde hace siglos se encarga de potenciar el culto a esa imagen concreta de la Virgen, organiza unos actos religiosos. Misa solemne en la parroquia que la guarda (guardaba) y un acto preparatorio el día anterior por la tarde, Vísperas. La Cofradía, que es la que hace frente a los gastos, invita a que asista/presida dichos actos el señor obispo -desde que lo hay para Vitoria- y al Ayuntamiento de la ciudad, que acude en Corporación, que quiere decir, todos -alcalde y concejales- con los maceros, la música y las bandera. En contrapartida, el Consistorio organiza actos festivos del gusto de la ciudadanía: toros, bailables, fuegos artificiales,... De la misma manera que, las campanas de San Miguel anuncian la celebración de los oficios religiosos, el Ayuntamiento da comienzo a los civiles lanzando un gran chupinazo.

¿Por qué se sumaron otras circunstancias complementarias? Es difícil de saber. La procesión con teas después de las Vísperas para acompañar a Santo Domingo, rezando el Rosario y su transformación benéfica en la Procesión de los Faroles; la costumbre de comenzar el día grande de la Virgen mediante oraciones desde la Aurora; el que la gente fuera a los toros por la calle principal para que vieran su elegancia y otros cubiertos con sus blusones de trabajo para evitar accidentes...

Ténganse en cuenta que no he planteado cuándo, sino por qué. Tiene que ver con las circunstancias en las que se producen los hechos y el ambiente que se respira en el momento en el que pasan las cosas. Como es imposible volver a estar allí para entenderlo, pues es muy difícil saberlo.

Lo que sabemos es que, poco a poco, todo este conjunto de detalles se fueron convirtiendo en tradición. Es decir algo que hacemos porque se ha hecho, y nos parece bien que se siga haciendo. Por ejemplo, bajar desde la torre un muñeco vestido de casero de la Llanada y juntarnos todos a cantar ‘Celedón ha hecho una casa nueva’, mientras los hombres se fuman un puro.

Pero hubo un momento en que fumar entró en declive cuando no en persecución. Ya no se formaba la nube de humo que durante años fue uno de los iconos de nuestras fiestas. Entonces, ¿qué hacemos?, ¿cómo mantenemos la tradición? Pues vamos a la plaza, pero con champán. Y nos lo tiramos todo por encima, aunque pillemos por medio al que no quiere y el casco vaya por el suelo y se rompa y yo mismo me corte...

Como era de sentido común, la falsa tradición del cava, y sus consecuencias, este año ha desaparecido muchísimo. A algunos, este final les ha producido cierta angustia. Pero, entonces ¿qué hacemos?, ¿a qué vamos? Pues a hacer lo que hicieron ayer miles de personas: ir a la plaza, cantar saltando con Celedón humanizado y divertirse, que esa es la auténtica tradición. A pesar de se ser de los que fumaba un puro, me apunto al nuevo modelo desde ahora. Y no digo que para siempre porque algo se nos irá ocurriendo para mejorarlas, aun a costa de las tradiciones.

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