Aparece la economía

La nueva agencia tributaria catalana, al parecer y por arte de magia, va a recaudar un caudal inagotable de dinero

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Los planes independentistas han conseguido grandes marcas. Han partido en dos a Cataluña, han destrozado al partido que más tiempo la dirigió y que ocupaba el lugar central de la sociedad catalana y han crispado, hasta límites inimaginables, al resto de la sociedad española. No está mal. No es frecuente que tan pocos hagan tanto daño a tantos en tan poco tiempo.

Hasta ahora nos hemos enzarzado con los enfrentamientos políticos y con las disquisiciones jurídicas. Las primeras no tienen arreglo, las segundas carecen de enmienda. Pero por detrás empieza a asomar la economía. La triste y aburrida pero imprescindible economía.

Si lo sacamos del marco legal vigente, la disputa sobre el derecho de decisión es, sencillamente, irresoluble. ¿Qué dice la Constitución? Que la soberanía española reside en el pueblo español. ¿Qué dicen los independentistas? Que ellos quieren decidir por sí solos. No apoyan su postura sobre bases legales. Si fuera así, y España hubiese conculcado algún supuesto derecho a decidir, ¿no cree usted que ya hubiesen presentado cientos de demandas y quejas en los organismos internacionales? Pues eso, ¿cuántas veces ha sido condenado el Reino de España por vulnerar semejantes derechos? Nunca. ¿Y sabe por qué? Porque nunca se le ha ocurrido a nadie acusarle de semejante atrocidad en ninguna instancia política o jurídica de ámbito internacional.

Mientras que el Gobierno de Mariano Rajoy tiene todo el derecho de su parte, los independentistas sólo cuentan en su apoyo con el deseo de cambiar las normas sin contar con los procedimientos. Quien no vea la diferencia debería acudir a un curso acelerado de Derecho o, quizás mejor, directamente a un oculista.

Ahora, además de la trifulca política y el desaguisado jurídico, aparece la economía. Una de las primeras normas adoptadas por el nuevo régimen ha sido la creación de una agencia tributaria catalana que, al parecer y por arte de magia, va a recaudar un caudal inagotable de dinero. Cristóbal Montoro, por su parte, ya ha anunciado que irá contra quien no cumpla con sus obligaciones con la hacienda estatal. Mal asunto. La medida del Govern excitará los ánimos de los muy radicales, siempre y cuando sus relaciones económicas se reduzcan al ámbito de lo inmediatamente próximo. Todos los demás sufrirán crisis de nervios.

¿Dónde ingresarán sus impuestos Volkswagen, La Caixa, Abertis o Pronovias, que reciben una buena parte de sus ingresos del resto de España? ¿Correrán el riesgo de ser sancionadas por Montoro a cambio de ser exaltados por Puigdemont? Lo dudo. ¿Dónde se financiarán La Caixa y el Banco de Sabadell si no pueden acudir al Banco Central Europeo al quedar fuera de su ámbito, como aseguró esta misma semana el presidente del Parlamento europeo?

Seguimos. ¿Que pasará con la deuda catalana si Montoro se dedica a colocarla de manera atropellada en los mercados financieros? ¿Cómo afectaría esta situación a la calificación de la deuda española? ¿Que pasaría en el resto de España si por culpa de estos vaivenes extraordinarios se eleva la prima de riesgo, se encarece su financiación y se tiene que eliminar alguna partida presupuestaria para asumir el incremento de gasto causado por su culpa? La locura de estas preguntas delimita bien el alcance del desvarío.

Hasta ahora hemos hablado de orgullos heridos, hemos planteado disputas ideológicas y nos hemos entretenido con brillantes interpretaciones jurídicas. Hasta ahora, todo se ha desarrollado en el salón de casa, en los platós de televisión y en los parlamentos concernidos. Si, en adelante nos dirigimos a la cocina para hablar de las cosas de comer, les aseguro que el escenario cambiará bastante. Y desgraciadamente no para bien.

¿Cómo se puede estar tan ciego? ¿Cómo se puede ser tan inconsciente? La cuestión catalana ha llegado demasiado lejos para poder esperar un final feliz. El final será trágico en lo político, costoso en lo económico y traumático en lo personal.

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