Alicia Koplowich, alta calidad

ENRIQUE PORTOCARRERO

Difícil es que una colección privada, ecléctica y amplia en la cronología y en la temática de sus fondos abarque de forma exhaustiva periodos, corrientes y autores de la historia del arte, a semejanza de un museo generalista. Por eso mismo, el recorrido por esta excelente muestra que consagra el Bellas Artes a la colección de Alicia Koplowitz debe entenderse por encima de todo como el reflejo de una formidable pasión coleccionista, quizás con un gusto exquisito por la pintura decorativa, con seguridad caracterizada por una alta calidad media en su conjunto, tal vez fluctuante en sus intereses según el crecimiento de la misma y las oportunidades del mercado; y siempre coherente en algunas temáticas y en una voluntad general de constituir una historia parcial del arte adecuada a un gusto personal e intransferible. Con estos antecedentes, y también con un excelente montaje agrupado de forma cronológica en secciones que buscan concomitancias pero que no impiden miradas y guiños entre géneros y autores distintos o distantes, al espectador se le ofrece un sugestivo paseo por el arte desde la antigüedad clásica a la contemporaneidad.

Prueba de una especialización inicial en la pintura española antigua, la colección de Alicia Koplowitz testimonia con gran calidad la altura de nuestro Siglo de Oro, donde la pintura devocional de Luis Morales, el retratismo regio de Pantoja de la Cruz, el bodegonismo floral ciertamente aflamencado de Arellano y la fuerza expresiva en el claroscuro de Zurbarán acaban desembocando, con un delicado salto en el tiempo, en ese siglo XVIII representado aquí por el Goya más narrativo, natural, sensual y mundano y por el Paret más minucioso y rococó; sin olvidar la etérea elegancia de Tiépolo y las ‘vedutas’ de Canaletto y Guardi. Capítulo esencial en el tránsito de la modernidad a la vanguardia lo constituyen las obras de Gauguin y Van Gogh, ambas de calidad notable y de mirada obligada para entender la revolución formal en el arte. Van Dongen nos anticipa con una memorable pieza fauvista la rebelión que después se concreta en las piezas cubistas de Picasso y Juan Gris, lo mismo que las obras de Modigliani, las piezas escultóricas de Gargallo y las acuarelas y los gouaches de Schiele y Toulouse-Lautrec nos enseñan la diversidad en la forma expresiva de las vanguardias.

A partir de ahí, y con una sólida y afortunada presencia escultórica, surge la contemporaneidad del expresionismo abstracto -quizás en el tránsito se echa de menos al dadaísmo y al surrealismo- donde un sugerente Rothko contrasta con dos singulares De Kooning y con la gestualidad también singular de Cy Twombly. Sin dejar atrás piezas y nombres tan esenciales como Giacometti, Bacon, Freud y Calder, el montaje incorpora de forma pertinente el realismo de Antonio López, el informalismo abstracto de Tápies y las indagaciones metafísica y espacial de Oteiza y Chillida, para terminar con el expresionismo alemán de Kiefer, la abstracción matérica de Barceló e incluso con un inteligente cambio de espacio en las reflexiones creativas de Ai Weiwei, Louise Bourgeois y Juan Muñoz. En definitiva, una historia del arte tan parcial como personal o tan delicada como formidable.

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