Alguien tiene que hacerlo

ÁNGEL RESA

Sí, claro que hay gente que hace de la muerte su modo de vida. Mal nos iría si todos ejerciéramos de cirujanos o de albañiles. No habría quien nos rescatara en el quirófano ni pisos donde abrigarnos en las noches de invierno. Y como esos oficios, piensen ustedes en el abanico desplegado de las actividades conocidas o por saber. Llevar el sueldo a casa cada mes por adecentar a los ojos de los dolientes la apariencia inerte de quien yace acostado en un féretro y por levantar la lápida donde reposarán el ataúd o el contenedor de ese polvo en el que acabamos convirtiéndonos resulta igual de digno que cobrar de otras maneras también legítimas. Dicho en lenguaje y pensamiento realistas, alguien tiene que hacerlo.

Esas personas que se nutren del no retorno, y va sin connotaciones macabras, encarnan como nadie la filosofía que unos desprecian por fatalista y otros asumen por el peso implacable de la lógica. Me refiero a la idea que observa en el fallecimiento una parte inherente a la existencia o aprecia en él una consecuencia forzosa de ella. Individuos que se mueven entre cadáveres con la naturalidad de quien afronta cada día tareas menos trascendentes. Aunque supongo que por mucha experiencia que atesoren alguna cuerda se les tensará dentro como reverbera la lira cuando se la toca con los dedos. Sobre todo ante el pesar humano inmutable de personas intercambiables según la identidad de los difuntos.

La literatura y el arte han representado la muerte con imágenes que infunden temor. Calaveras encapuchadas, guadañas al hombro y prestas para un fin… También han cincelado obras maestras y ahí figuran las célebres coplas de Jorge Manrique que anuncian el advenimiento apresurado de la parca y la discutible teoría que ensalza los tiempos pretéritos. Desde luego, en este mundo cambiante y veloz quedan certezas incuestionables. Por ejemplo, el motivo por el que hoy se llenarán los cementerios de fragancias y colores que en unos días serán flores marchitas y cromatismos pardos.

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