Aire y humo

Entre los síntomas que he sufrido, el más inquietante ha sido un despojamiento de energía más alláde lo físico

Aire y humo
Juan Bas
JUAN BAS

He comenzado 2018 con un desengaño y cierta dificultad para realizar una labor mecánica y esencial. Por tipo dulce, había conseguido que me vacunaran contra la gripe aunque no me toca por edad. Pero no me ha servido para librarme de un virus que ha mutado aviesamente en plan amenaza de Andrómeda y ante el que mi vacuna, en la que confiaba con una fe mística (ya no se puede creer en nada), ha sido tan eficaz como atizarle al Alien con un palo en el lomo. Y es que ¡vaya virus cabrón!; ha causado una gripe de duración bíblica y tundición sistemática. Entre los síntomas que he sufrido, el más inquietante ha sido un despojamiento de energía más allá de lo físico, que se ha prolongado incluso después de aminorarse el estado general de demolición corporal; algo así como un estado mental de melancolía y negrura existencial (imagino a mi madre al leer esto diciendo en voz alta: ‘qué exagerado eres, hijo’). Pero mucho peor que eso, ya que los perezosos profesionales convivimos bien con la acedía y la nada abúlica, ha sido la dificultad para respirar, la falta de aire. O mejor dicho, ya que el aire estaba ahí, mi falta de capacidad para absorber el necesario para no pensar en que te está costando respirar. No era como para ir al hospital, que bastante ocupado estaba ya por pacientes con problemas graves a quienes la gripe estaba matando de verdad, pero sí para mantener un estado de agobio y alerta por si la cosa iba a más, es decir, a menos aire.

Y claro, cuando te falta el aire, es cuando el idiota de larga duración que es uno ve la kilométrica fila de cigarrillos fumados durante 46 años. Los muchos millares desde aquellos infectos Celtas cortos, trufados de troncos, a los 12. Esta vez también me acordé de mi tío abuelo Aurelio, de su muerte. Todo un personaje, Aurelio Bas. Fue pianista en un bar de putas de La Palanca y un estalinista convencido; puso a su hijo de nombre Vladimiro (fue el saxo tenor profesional Vlady Bas) por ser el único nombre eslavo admitido en el santoral. Y por encima de todo, era un fumador empedernido, irreductible, uno de esos personajes propios del género negro que tocan el piano con el cigarrillo en los labios, sin apenas dejarlo en el cenicero. El tío Aurelio, cuando ya estaba listo de papeles, incluso intentó negociar con la Parca un último cigarrillo, que la adusta dama no le concedió. Murió en el hospital de Santa Marina con los pulmones abrasados y ahogándose. Pero su gesto postrero no fue en demanda de más oxígeno, no fue pidiendo una ya imposible bocanada de aire extra. Aseguraba mi abuelo, su hermano, que Aurelio le miró con pedigüeña esperanza, puso sobre sus labios los dedos índice y medio un poco separados, lo suficiente como para sostener un cigarrillo, aspiró el imaginario, delicioso y asesino humo por última vez y expiró.

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