Acoso sin derribo

MANUEL ALCÁNTARA

El presidente del Gobierno lo niega todo, excepto que él deba seguir presidiendo, que para eso ganó las elecciones. Ha resistido el primer ataque porque sabe que le seguirán muchos otros, pero nadie teme que pierda los nervios porque no tiene nervios y los que tiene únicamente le sirven para poner nerviosos a sus enemigos políticos. «Jamás me ocupaba de asuntos económicos», ha dicho. Lo que es mucho decir y mucho callar. Su táctica sólo es equiparable a la de aquel general tan valiente que nunca se rindió a la evidencia. Hay que creerlo cuando asegura que no recibió sobresueldos, ni dinero negro en sobres. Más difícil de creer es que ignorara la existencia de una caja B en el Partido Popular, porque eso lo sabían hasta los niños de las granjas más distantes y los que siguen haciendo recados por una propina que no compromete ni al que la da ni al que la toma. En vista de eso y de lo que no se ve, ha salido relativamente ileso en su declaración como testigo. Al parecer, él pasaba por allí, pero no presenció el accidente.

No les satisfacen a sus implacables adversarios políticos, transformados en enemigos a muerte, sus explicaciones. Pablo Iglesias quiere que comparezca en el Congreso y Pedro Sánchez exige que dimita, pero como no puede darle el gusto a los dos, no se lo da a ninguno. Morir negando siempre ha sido un arte. Lo practicaban los adúlteros capaces de convencer de que una mancha de carmín en los calzoncillos era una broma de su amigo el de la tintorería, que siempre tuvo un gran sentido del humor y sabía reírse de sus propias gracias y de las desgracias ajenas. Mientras, reaparecen los fantasmas, como Bárcenas, o como Puigdemont, que asegura que ya tiene las urnas para el referéndum del día 1 de octubre, que será ilegal, pero lo ha legalizado él y con eso es suficiente.

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