si no es un abuso, se parece mucho

Sorprende que ningún regulador investigue las prácticas de las aerolíneas que tienen una posición dominante en el mercado

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

No sé si recuerda una frase de Woody Allen. Decía así: «El dinero no da la felicidad, pero proporciona una sensación tan parecida, tan parecida, que solo un experto puede diferenciarlas». Hoy quiero contarle otra sensación esta vez tan parecida, tan parecida, a un abuso que solo otro experto puede distinguirlas.

Si es usted uno de los desamparados seres humanos que pululan por los aeropuertos de Bilbao, San Sebastián o Pamplona, a horas tempranas, durante los días laborables y en busca del sustento, seguro que me comprende. Hace quince días tuve que volar a Madrid. Una semana antes elegí el horario que más me convenía y pregunté el precio en la agencia (soy de los arcaicos que prefieren hablar con personas antes que con máquinas) y su respuesta me dejó estupefacto, a pesar de que no era la primera vez que me sucedía: ¡650 euros!

Cambié el horario, buscando algo más barato y, tras fastidiarme un poco el plan inicial, conseguí rebajarlo hasta los 540,15 euros. Al salir de la oficina pasé por delante de otra agencia y vi un anuncio... ¡Increíble! Por 690 euros me llevaban a Punta Cana, en la República Dominicana, con vuelo, hotel y una de esas pulseritas que te permiten comer como Tarzán y beber como una orca durante siete días. Hace un año, realicé un trayecto Bilbao-Barcelona-Nápoles por menos precio que, una semana después, otro Bilbao-Madrid. ¿No es curioso?

Para animar un poco más el ambiente, cuando llegué esa mañana al aeropuerto de Loiu, una hora antes del vuelo, una amable señorita me informó de que había overbooking y que mi asiento estaba ocupado. ¡Tenía que esperar hasta que se completase el embarque para comprobar si había plaza para mí! Menos mal que un conocido mío, empleado de Iberia, resolvió la cuestión con eficacia.

¿Cómo es posible que, si no me presento en hora, pierda cualquier derecho y no pueda reclamar nada? Entonces, ¿No es mío, para ese vuelo, el asiento que he pagado? ¿Por qué lo vuelven a vender? ¿Es eso lógico? ¿Son estos precios un ejemplo de la correcta formación de los mismos en un mercado libre? Se podrá decir que todo es consecuencia de la sacrosanta ley de la oferta y la demanda, una ley a cuyo club de fans pertenezco entusiasmado desde hace décadas, pero no lo parece. Más bien se parece, y mucho, a un abuso de posición dominante. Por eso sorprende que ningún regulador haya sentido la más mínima curiosidad por investigar unos hechos tan fascinantes. Aquí tienen materia para entretenerse un rato y los poderes públicos deberían esmerarse en aumentar la competencia, si todo esto fuera consecuencia de su ausencia, claro.

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