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Un fotograma de 'Stefan Zweig, adiós a Europa'.

Stefan Zweig, la herida del exiliado

  • Una brillante y conmovedora cinta reivindica la figura del escritor vienés, queno superó ver cómo Europa se rompía en una guerra fratricida

Pocas películas han reflejado el dolor del exilio, la desubicación del refugiado, como 'Stefan Zweig, adiós a Europa'. «Piensan que soy un escritor famoso, pero ya estoy muerto. Solo mis piernas salen de la tumba», exclama el protagonista de esta extraordinaria película que sigue los últimos días del escritor austriaco, del que se cumplen 75 años de su muerte. La directora Maria Schrader no firma una biografía al uso, sino que opta por mostrar estampas, cinco cortes en la vida del autor de 'Carta de una desconocida'. De Río de Janeiro pasamos a Buenos Aires, de allí a Nueva York y concluimos en Petrópolis, Brasil, donde Zweig eligió suicidarse junto a su mujer en 1942, incapaz de soportar el fragor de las bombas en su amada Europa.

El actor austriaco Josef Hader -inconmensurable- dota al personaje de determinación a la hora de defender sus ideas y fragilidad a la hora de afrontar el drama del exilio. «El intelectual debe entregarse a su obra, no voy a hablar mal de Alemania», defiende el novelista cuando los periodistas le asaltan en Argentina en busca de una declaración contra el régimen nazi. Acusado de tibieza y falta de valentía, Zweig responde que no escribe desde el odio. «Empiezo a aborrecer la política, porque casi parece lo contrario de la justicia. Y ser intelectual significa ser justo y comprender a tus oponentes».

Stefan Zweig era, junto a Thomas Mann, el escritor en lengua alemana más célebre de la época. Una estrella de las letras agasajada y venerada como un estadista allá donde va, a la que todos piden que les firme un libro. Hay momentos de comedia cuando el alcalde de un remoto villorrio brasileño recibe al laureado novelista con una banda de música que destroza 'El Danubio azul'. La sonrisa del homenajeado se trueca en una mueca melancólica y patética. Algo le consume por dentro. Qué absurdo contemplar a uno de los hombres más brillantes de su tiempo en la selva en vez de en un café vienés. La mirada de Hader transmite el extrañamiento y la pérdida de alguien que no se dejó arrastrar por el odio.

Sobresaliente reparto

Maria Schrader no traza una hagiografía, sino un retrato cabal de un hombre con debilidades y contradicciones. «No voy a crear eslóganes para llamar a las armas a las masas. La fuerza de mi arte proviene del pensamiento positivo», sostiene el autor de 'El mundo de ayer', que abandonó Austria en 1934 tras el ascenso de Hitler al poder. Zweig aparece dibujado como un hombre de mundo con don de gentes, abrumado por los agasajos y en perpetua búsqueda de retiro y sosiego para escribir. Resquebrajado su sueño de la unidad de Europa, admira la convivencia de diferentes pueblos en Brasil sin advertir que es un régimen dictatorial. Su primera mujer también le recrimina que no quiera ayudar a compatriotas que buscan refugio en Estados Unidos. Zweig usó su influencia para salvar a judíos perseguidos, pero también se atormentó por no haber podido socorrer a todos los que hubiera deseado. «Mucha gente pensó que era un cobarde por no hacer una gran declaración política, pero yo no estoy de acuerdo», rebate Maria Schrader. «Requiere una gran fortaleza resistir como él lo hizo e insistir en que el mundo no es blanco y negro; él pintó, a través de su escritura, pero también con su compromiso y empatía, toda la escala de grises».

Un fotograma de la cinta.

Un fotograma de la cinta.

La directora alemana revela una madurez inusual en su segundo largometraje. La opción de contar en tiempo real cinco trozos de la existencia del escritor se revela inteligente y sutil. La hábil composición de los planos, el despliegue de producción de un filme que recrea una época y el sobresaliente reparto son virtudes de una de las películas del año, que culmina con un epílogo -el suicidio del matrimonio Zweig- ejemplarmente rodado. «La labor intelectual me ha concedido placer y libertad personal, el mayor lujo de este mundo», escribió en su adiós.

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