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Una escena de 'John Wick 2: Pacto de sangre'.

Sinfonía de violencia

  • 'Pacto de sangre', la segunda entrega de 'John Wick', logra mantener el ritmo adrenalítico de su predecesora, acabando muy arriba

El cine de acción no vive uno de sus mejores momentos creativamente hablando. La saga multimillonaria 'Fast & Furious' se lleva la palma tirando de grandilocuentes presupuestos que permiten a sus artífices innovar en cuestiones de exterminio y destrucción. Explosiones a todo trapo y maquinaria pesada volando por los aires garantizan el espectáculo pirotécnico. Por debajo, algún título superheroico se salva de la quema, y el cine que viene de Oriente, lo más destacable en este campo, tiene poco que hacer en nuestro circuito de exhibición convencional. Debido a esta escasez de propuestas no trilladas llamó la atención en 2014 una producción relativamente modesta que no logró asaltar las salas pero funcionó con el boca-oreja, 'John Wick', la historia de una venganza protagonizada por Keanu Reeves, un actor que no cesa en su empeño de erigirse como el action-hero perfecto, lejos de la imagen extendida de saco de testosterona malhablado. No necesita músculos para mostrar su pericia con las armas y artes marciales. En su papel de asesino a sueldo implacable, retirado de la circulación por convicción, obligado a volver a la rueda de la muerte por principios, se maneja con una soltura incontestable. Desde el boom en los años 90 de cineastas orientales como John Woo, que hicieron saltar por los aires el género, no se veía un fenómeno de estas características en el marco del cine comercial. La coreografía de la violencia, con escenas explícitas –incluyendo pictóricas salpicaduras de sangre y sesos- es parte fundamental del éxito de una obra de culto cuya segunda entrega se estrena por todo lo alto.

Riccardo Scamarcio y Ruby Rose, en la segunda entrega de 'John Wick'.

Riccardo Scamarcio y Ruby Rose, en la segunda entrega de 'John Wick'.

Cuando un buen producto en su estilo emerge del ostracismo gracias a los comentarios de una legión de fans nada puede detenerlo. Junto a 'The Raid', titulada erróneamente 'Redada asesina' por estos pagos, 'John Wick' es lo mejor del cine de acción cuerpo a cuerpo del momento. El nuevo capítulo puede degustarse sin ver el inicio de al saga, lo cual es un punto a favor para un producto en el cual confiar tras cosechar buenas críticas por la puerta de atrás. Subtitulado 'Pacto de sangre', logra mantener el ritmo adrenalítico de su predecesora, acabando muy arriba (a diferencia de la primera parte). Se pierde el factor sorpresa de la propuesta original, pero el resultado final se antoja más redondo. La cuidada estética, tanto en la dirección artística como en la puesta en escena, es un factor esencial en una suerte de neo-western exultante que dirige un especialista en las secuencias de acción, Chad Stahelski, capaz de imprimir un delicioso tono de cuento macabro, impregnado de humor negro, al baile de puñetazos e intercambio de balazos. John Wick es el Harry Potter de los asesinos. Hay una serie de normas que cumplir entre disparo y disparo. Hay lugares donde no se permite sacar el revolver. Los asesinos por contrato también tienen su santuario. La descripción de una sociedad secreta, con sus propias reglas e iconografía, que maneja los hilos del crimen entre las sombras, dota de un necesario halo de irrealidad al elegante conjunto. Matar como una de las bellas artes. 'John Wick: Pacto de sangre' es pura catarsis.

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