El refugio en el que las historias se hacen eternas

Librería Estudio mantuvo sus puertas abiertas hasta las 22.00 horas./Avelino Gómez
Librería Estudio mantuvo sus puertas abiertas hasta las 22.00 horas. / Avelino Gómez

El VII Día de las Librerías pone en valor estos espacios donde la cultura se expande y en los que la lectura trata de salir adelante

ÓSCAR CASADO

No es fácil. Los riesgos, la competencia de las nuevas tecnologías y los hábitos hacen que no parezca un negocio atractivo para mucha gente. Pero pese a todos los nubarrones que se tienen que soportar, todavía hay quien se afana por intentarlo, por levantar cada día la persiana de su establecimiento para vender libros.

Las librerías tuvieron su día el pasado viernes. Un intento por ponerlas en primer plano, por concederlas un protagonismo no siempre reconocido. En este 2017, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros organizó esta jornada que ha cumplido su séptima edición.

Un día que busca un hueco y que se vivió con más o menos intensidad. En la ciudad, una de las librerías que más exprimió esta oportunidad fue Estudio. En ella, se programaron varias actividades entre las que se incluyeron la lectura de microrrelatos o poemas relaciones con el mundo de las librería. También tertulias, destinadas a conseguir el objetivo con el que nació la librería, para que se viera «no solo como un comercio normal, sino como un espacio activo».

Así lo explica una de las responsables, Olivia Lahoya, quien añade que lo que se busca es crear un entorno en el que «se den encuentros y en el que la cultura se mueva». Esto es precisamente lo que hicieron. Una oportunidad para que otro público, distinto del habitual, se acercara para comprobar el espíritu que intentan mantener, un foco de atracción para que «se pueda entrar, disfrutar de la literatura, de la lectura o de la conversación», destaca.

Con esta vocación se vivió en Estudio una jornada que poco a poco va haciéndose más visible. Y es que a pesar de que se cuentan siete ediciones, el público todavía no tiene interiorizada esta fecha, como puede suceder con el día del libro, en el que la fiesta de la lectura sí que llega a mucho más público.

Al menos, así lo ven en otro de los establecimientos de la ciudad, como es la librería Cervantes. En ella, hubo descuentos en la compra de ejemplares, pero aclaran que todavía no se ve un gran movimiento, como puede suceder el 23 de abril que «sí que es una fecha señalada», confiesa tras el mostrador, María Vélez.

Remontada con trabajo

Esta jornada, en el 2017, se celebra en un momento en el que el sector parece que ha conseguido salir de unos años malos. Un periodo en el que los peligros, empujados en muchos casos por la dificultad económica, amenazaban el mantenimiento de numerosas librerías. «Hubo unos años, que coincidieron con la crisis general, en los que parecía que había un parón y se cerraron muchas librerías», lamenta Lahoya, quien no esconde que todavía hoy hay negocios que tienen que bajar definitivamente su persiana, aunque «los últimos estudios han demostrado que este parón no existe», concluye.

Pese a ello, todavía hoy hay algunas que viven en una situación complica. Una realidad en la que «subsistimos», lamentan en Librería Alfaro, una de las más antiguas de la ciudad, en cuyo escaparate se puede leer el cartel de «se traspasa». Un negocio de unos cuarenta años, en el que se explica que el cambio de hábitos provoca que la supervivencia, pese al repunte, sea difícil. De hecho, relatan que solo vendiendo libros se hace difícil, por no decir imposible, este modo de ganarse la vida, por lo que tienen que ampliar la venta por ejemplo a material escolar.

Pero al margen de todos los males que pueden sufrir, desde Cervantes reconocen: «Vemos la luz». Eso sí, tampoco esconden que para hacerlo «hay que trabajar mucho», manteniendo las últimas novedades, y renovando ideas para hacer que el público siga entrando para recibir los consejos. Un trato directo con el cliente que está haciendo que muchos de los que pudieron ser atraídos por las nuevas tecnologías hayan vuelto a sentir el tacto del papel.

Este precisamente ha sido uno de los males que han acechado a las librerías, el formato electrónico, sobre todo en los momentos más crudos de la crisis.En ese contexto aparecieron como las setas en otoño «informes agoreros sobre la muerte del libro tradicional y se ha demostrado con el tiempo que no es así», defienden desde Estudio, desde donde ven que ambos formatos son más que compatibles para muchos clientes.

Un mantenimiento de ambos estilos que se da porque desde el público se siente que lo que da el libro tradicional no lo aporta el electrónico, por lo que «muchos han vuelto», indican en Cervantes. Un clavo ardiendo que de momento sirve para que las historias sigan llenando escaparates porque como dice Lahoya «el libro en papel está muy vivo». Y así esperan que siga.

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